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El amor loco

        El amor es siempre loco, sino... ¡no sería el amor! En eso estamos todos de acuerdo, principalmente cuando se trata del amor pasional que une a las parejas, el amor que vemos inmortalizado, sin manchas, en los escaparates de los fotógrafos de todos los pueblos de Andalucia. Pero también existe el amor que sentimos para nuestros amigos, para nuestros perros y canarios, para nuestro pueblo... y, por supuesto, para nuestros niños. Pero para que tengamos a los niños como nuestros, no tienen, obligatoriamente, que ser nuestros de sangre, es decir, nuestros hijos biológicos. Es suficiente que el destino o la suerte nos otorgue, en cualquier momento de la vida, el papel de protector de un niño necesitado, para que lo queramos, y a veces con locura. Y el amor tiene esto de raro y maravilloso: desconoce la distancia, las fronteras, y a veces incluso se alimenta de los obstáculos que encuentra. Es este, me parece, el caso del niño cortijero y del alemán.

        Muchos montefrieños han oído hablar de Cesar y de Arnoldo, pero pocos conocerán su extraña historia como yo, aunque confieso que mi información es bastante escueta. Cesar es un niño de sólo 12 años de edad, inteligente pero un tanto fantasioso, y Arnoldo es un alemán de clase obrera, un hombre sin muchos estudios que no habla inglés y sólo conoce algunas frases de español. Comunicamos, pues, a trancos y barrancos - Arnoldo hablando su pésimo español, yo chapurreando en mis 20 palabritas de alemán, y Cesar en medio sirviéndonos de intérprete. Si, de intérprete - pues este niño, que se crió con las cabras de la Sierra de Parapanda, domina el exigente idioma de Goethe con impresionante desenvoltura.

        Los vi por primera vez hace dos años, cuando llegaron, caminando por el carril, hasta la verja de mi cortijo. Una pareja insólita: un hombre de más de cincuenta años, alto y robusto como un guerrero visigodo, con pelo y barba plateados, y un niño pequeño, delgado y nervioso como un gitanito, "moreno de verde luna", como dice el poema de Lorca. Pensé, al verlos, que eran evangelistas o Testigos de Jehová, pues Arnoldo irradia un no-sé-qué de santo, de hombre bueno. Hay en su mirada una inocencia casi infantil, una luminosa humildad, que te arrebata a primera vista. Me recuerda a uno de los apóstoles que se ven tallados en la piedra de las iglesias románicas del Camino de Santiago. Es, sin duda, un hombre un poco diferente, pero de malo, no tiene nada.

        El niño, pues, me explicó que se les había dicho que en este cortijo vivía una mujer alemana. Le contesté que se habían engañado, que la casa era mía y que además de ser hombre, no era alemán sino inglés. El niño tradujo estas palabras, para mi gran asombro, al alemán, y el hombre al escucharlas se disculpó y no los vi más... hasta esta última primavera, cuando recibí la llamada telefónica de alguien que decía, con fuerte acento alemán que creí reconocer, que quería alquilar una de mis casas de turismo rural para el mes de agosto. Bajé a la Plaza para encontrarlo, y lo reconocí inmediatamente; además, estaba acompañado del mismo extraño niño que dos años antes.

        Volvió en verano acompañado de su mujer, una señora fuerte y bien humorada, y una familia de amigos; eran personas muy sencillas y ninguno había estado antes en España, salvo Arnoldo. No obstante, tuve noticias de los vecinos del Coro de que sólo se ausentaban de la casa para visitar el cortijo del niño y después traérselo al pueblo, donde dormía frecuentemente en la casa con ellos; o sea, de turismo propiamente dicho no hacían nada, ni del rural ni del otro. No fueron ni siquiera a La Villa, sin hablar de La Alhambra, durante todo el mes que estuvieron aquí; les interesaba el niño, y punto. A finales del mes me visitaron en mi cortijo para despedirse, y mientras yo me tomaba una cerveza y Arnoldo un vaso de agua, pues según dijo el alcohol le marea, me contó, con la dificultad lingüística arriba señalada, su complicada historia.

        "Señor Lorenzo", comenzó, "usted que es escritor podría escribir un libro sobre esta historia." Esa idea ya se me había ocurrido, pues otros me habían hablado de los avatares del niño y su abuelo alemán. Intentaré, pues, resumir lo que, en hesitantes palabras, muchas de las cuales tuvieron que ser traducidas al español por Cesar, el buen hombre me contó.

        Hace unos cinco años una montefrieña se separó de su marido, con quien tenía un niño, y se fue a trabajar en Alemania. El niño, César, se quedó con su abuela en el cortijo. Cuando la mujer se casó de nuevo, esta vez con un alemán, el niño, ya de edad escolar, fue a vivir con ellos. Pero en menos de un año la madre y él se desentendieron, por una causa que no he podido identificar claramente, y Cesar volvió a Montefrío. Sucede que durante esos nueve meses en Alemania, los "abuelos" alemanes del niño - o sea, los padres de su padrastro - se habían encariñado con él a tal punto que ya lo consideraban como hijo suyo. Todas las noches le daban clases de alemán, y en la escuela los profesores no se cansaban en elogiar su inteligencia - mientras que en Montefrío, lo habían tenido en educación especial como niño con dificultades de aprendizaje. Mis amigos del Complejo me han hablado del asombro que les causó, después de la reintegración de Cesar en la escuela aquí, el informe deslumbrante que se trajo de Alemania.

        Los abuelos, y sobre todo Arnoldo, no se conformaron con la ida de Cesar. Querían, y aun quieren, adoptarlo, tenerlo bajo su custodia en Alemania donde, opinan, tendrá mejores oportunidades que aquí. Debo añadir que Arnoldo y su buena señora, que es enfermera de profesión, nunca han podido tener hijos propios, y que el padrastro de Cesar es en la realidad un hijo adoptivo, él mismo el fruto de un matrimonio roto entre un inmigrante español y una mujer alemana. Quizás esto explique la actitud tan intensamente paternal de Arnoldo.

        Durante los últimos dos años, pues, Arnoldo viene a verlo, en su furgoneta o bien en su motocicleta, de Colonia dónde vive, cada vez que dispone de unos días de libertad, durmiendo, hasta este año, en el cortijo de la abuela, cerca de la Carretera de Illora. Y para mantener su conocimiento del idioma alemán, cada semana los abuelos le llaman por teléfono desde Colonia, cada uno de ellos conversando con Cesar durante quince minutos, rigurosamente contados. El resultado de esa media hora semanal salta a la vista: Cesar, cuyo español es un patois cortijero que sería casi incomprehensible a uno que no fuera de aqui, se expresa en un alemán articulado y claro. Dice que hasta que cumple la edad de quince años no podrá ir a vivir con sus queridos abuelos, pero confieso que no conseguí entender exactamente por qué sería así. Le pregunté si le gustaba Alemania y me dijo con mucha intensidad que "Allí no hay muchos gatos... porque llueve mucho".

        Decididamente, Cesar es un niño extraño, e incluso un tanto mágico, de la misma manera que su abuelo Arnoldo. Será porque son dos locos del amor.

xx