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El peligro de brillar

 

Eduardo observando crecer a su nieta Nina

        Las primeras palabras que aprendemos de un idioma extranjero se nos quedan en el recuerdo para siempre. Es la pérdida de lo que se podría llamar la virginidad verbal. Como dijo el gran poeta Georges Brassens en una de sus canciones, la primera mujer que hemos tenido en nuestros brazos no la olvidamos nunca, ya fuera ésta un gran amor o sólo una puta. En mi caso particular, y con respecto a la virginidad verbal, hice mi primer esfuerzo consciente de hablar cuando mi madre preparaba nuestro traslado a Méjico. Yo tenía 12 años y ella pensó, en uno de sus raros momentos de realismo, que sería mejor si antes de viajar uno de nosotros aprendía unas frases de español.

        Durante algunos meses, recibí lecciones de un señor búlgaro, inmigrado de guerra como nosotros, que vivía en un vetusto edificio cerca del gran puerto de Vancouver. Lo único que recuerdo de aquellas clases fueron dos frases. Poniendo primero uno y después dos bolígrafos sobre la mesa, decía mi profesor, y repetía yo, "Hay una pluma sobre la mesa", y después, "Hay unas plumas sobre la mesa". Es probable que el búlgaro realmente no hablara mucho español, y que su pronunciación fuera aún peor que cuando hablaba inglés, pero me parece que no era mal profesor. Los profesores de idiomas son como los profesores de pintura: los que son muy buenos lingüistas o pintores no son siempre los que enseñan mejor.

        Por cierto, mi nivel no era aún el de un intérprete simultáneo, ni mucho menos. Pero ningún triunfo de cabina logrado durante mi carrera profesional me ha proporcionado la sensación de euforia que conocí cuando, aquel verano, pasamos por la aduana mejicana en Ciudad Juárez, orilla sur del Rio Grande. Con voz trémula dije al policía, para señalar una de nuestras maletas que se encontraba detrás del mostrador, "La caja verde, por favor" . Como no había aprendido aún la palabra maleta, utilicé la más parecida de las que yo conocía. Entonces vi con asombro como el mejicano, sonriendo porque al gringuito la j le había salido como una c, quitó la maleta del montón. En aquel momento comprendí que el primer requisito para aprender un idioma extranjero es, sencillamente, no tener miedo al ridículo.

        Mi padre es, en esto, como yo: opina que el sólo hecho de existir en el mundo es en sí tan ridículo que después, de ridículo, no hay nada que temer. Viene a España a visitarme varias veces al año, no sólo porque quiere ver como va creciendo su nieta y porque aún tiene la fuerza física (con sus casi 83 años) para efectuar ese enorme viaje (18 horas de avión entre Vancouver y Málaga, con escala en Amsterdam), sino porque él, como yo, tiene veleidades de hispanista.

        Estuvo en Algeciras el día en que se proclamó la República, y en la euforia general fue llevado a bordo de un buque de guerra. Todavía conserva, en el libro de viajes que llevaba por los caminos, el sello que le puso el comandante. Exaltado por los acontecimientos, éste abrió su navaja y cortó de la goma el nombre del destructor, ALFONSO XIII. Entonces, según cuenta mi padre, preguntó a sus hombres cuál debería ser el nuevo nombre. Uno de los marineros dijo Estados Unidos, porque ese país era un símbolo de la democracia. Hubo otras sugerencias, pero fue mi padre, el extranjero maltrapillo, que propuso cortesmente que el nombre podría ser LIBERTAD. Los aplausos fueron unánimes y el capitán lo escribó a mano en el hueco. Cada vez que visito a mi padre (la última vez fue hace más de 10 años) le pido que me lo muestre de nuevo.

        Después de tantísimo tiempo ha olvidado prácticamente todo su español, que en los últimos tiempos viene recuperando, a pesar de un año perdido en que se dedicó a aprender francés porque se había enamorado de una amiga mía en París. Pero una sola cosa del español ha sobrevivido intacta a todo el tiempo transcurrido desde que caminaba, como tantos otros jóvenes durante la Gran Depresión, de un país al otro en busca de trabajo, hasta su actual condición de empresario canadiense jubilado. Con un acento gutural pero una entonación casi perfecta, y para gran deleite de todos mis amigos y amigas de aquí, recita un poema que se llama La Luciérnaga, y que dice así:

 

Brillaba en una floresta

durante noche sombría

la Luciérnaga modesta

que ignoraba si lucía.

 

Envidioso de su brillo

cierto Sapo que la vio

fue y escupió al gusanillo

veneno que lo mató.

 

¿Por qué, exclamó falleciente,

a un desvalido matar?

Y escupiendo nuevamente,

dijo el Sapo: "¡No brillar!"

 

        Podéis imaginar el puro encanto de escuchar a este anciano, con sus cabellos blancos y su pinta de Alberto Einstein (que es, además, el apodo que le dan allí en su pueblo del Canadá), recitar este poema no menos terrible por carecer de pretensión literaria alguna. Siempre que nos invitan a tomar una copa y preguntan si habla español, insisto en que lo recite; y después de hacerse rogar por todos, como corresponde, él accede a mi deseo, echándole toda la emoción que puede.

        Estando, pues, mi padre de visita aquí el mes pasado con su nueva mujer (que no es la francesa que dije antes), se me ocurrió preguntarle cómo hizo para aprender un poema en español, pues cuando vino a España por primera vez lo hizo como vagabundo y no como estudiante, y ni siquiera, al modo de su hijo, como estudiante vagabundo. Y esto fue lo que me dijo, dejándome después un largo tiempo callado.

"Antes de emprender mi primer viaje desde Berlín quise aprender algo de español, y tomé unas lecciones con una joven judía, que tuvo que dejar su trabajo de funcionaría pública por culpa de los nazis. Para mantener a sus ancianos padres enseñaba inglés, español y contabilidad; debió ser una joven muy inteligente, pues nosotros, los alumnos, la llamábamos "Fraulein Doctor", aunque su nombre era Anna Rosenberg. Tenían mucho miedo; ella no dejaba que los padres saliesen a la calle, y los padres tampoco querían que ella se mostrara en público más de lo necesario, pues su fisonomía era muy "judía"; me acuerdo que discutían entre sí por causa de eso; los padres diciendo "¡No te bajes ahora, que están allí abajo!". Pero la Gestapo los pilló. Un día cuando llegué para la lección, encontré la puerta del piso abierta, y vi que se habían llevado todo: la familia, los libros, los muebles. No quedaba nada. Bueno... uno de los ejercicios que nos ponía era memorizar y recitar ese poema, que tengo apuntado en mi libro de viajes."

 

 

xx

 

Post scriptum.  Gracias al milagro del Internet, un barcelonés que leyó este relato me envió una página, debidamente escaneada, del libro infantil dónde conserva desde hace muchos años el poema citado, que reproduzco aquí.