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El carnicero que cantaba como un pajarito

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        Con todos los vertiginosos cambios que comenzaron a afectar España en el comienzo de los años 60, Montefrío parecía ser un lugar eterno, como a veces continúa pareciendo hasta hoy. Cada vez que volvía, habían los mismos olores de aceite de oliva y excremento de cabra, y el mismo empedrado en las calles, incómodo pero pintoresco, donde transitaban más cabras y mulos que coches y camiones. Habían las mismas pobres fiestas provincianas sin altavoces estereofónicos, pero donde todos, incluso un extranjero con los tímpanos delicados, podían pasárselo bien. Sin embargo, para mí, obsesionado con todo lo que era original e insólito, había, más que otra cosa, Manolo.

        Muchos estiman que Manolo fue un cantaor talentoso y original, y sí lo era. Pero yo le recuerdo sobre todo por haber sido un hombre muy especial, y al mismo tiempo, muy español. Otros autores, que hablaron de él en su años más avanzados, utilizaron para describirlo metáforas como sarmiento de viña y el carnicero que cantaba como un pajarito, y ambas imágenes son acertadas. Cuando mi madre le pintó el retrato, durante el invierno de 1961, se dormía constantemente, pues no soportaba quedarse tanto tiempo parado. La obra terminada creaba una impresión espectral, que de todos modos no distaba mucho de la suya "normal", y que el modelo hipersensible contempló con indignación: "¡Me ha pintao muerto!", protestaba, durante años después.

        En aquellos tiempos, tenía su carnicería en la Calle Alta, esquina con la Calle de Marquesas, en el mismo sitio donde hoy hay una zapatería. Era otro mundo de las carnicerías que tenemos hoy día, con sus cerdos rosaditos y sanitariamente inspeccionados colgados en la cámara frigorífica y sus básculas digitales, que dan el precio exacto en la pantalla. La carnicería de Manolo era primitiva aún para aquellos años pre-consumistas. Era como un recuerdo de los tiempos de la Guerra Civil, una especie de mortuorio para los irreconocibles restos de la desdichada cabra u oveja que había sacado de su rebaño, el día anterior.

        Primero, Manolo daba unos hachazos en los trozos de músculo y hueso, e iba tirándolos encima del mostrador de mármol blanco. Las amas de casa, como cuervos alrededor de una carroña, enterraban las uñas en cada pedazo repetidamente, preguntando el precio de este o aquél, con un tono de permanente hostilidad, como si supieran de antemano que su respuesta no les iba a servir para nada. El ruido era ensordecedor: Manolo decidía arbitrariamente lo que valía la pieza y gritaba "¡cinco pesetas!", y la interesada respondía con un chillido lacerante, "¡tres pesetas!". El regateo se hacía tan violento que, a veces, cuando Manolo blandía su gran cuchillo nerviosamente, me causaba hasta miedo.

        Pero cuando me veía asomarme a su puerta, todo cambiaba. Recibía a su amigo inglés, poeta y aficionado con un amplio gesto de los brazos y una resonante frase de martinetes capaz de callar, momentáneamente, a las comadres. Acto seguido, reanudaba la conversación que habíamos dejado ayer, como si nada más existiera en el mundo.

        Una conversación con Manolo era muy diferente de los intercambios normales, en que se discute un tema determinado durante unos momentos antes de pasar a otro, que de alguna manera incluso muy superficial se relaciona con el primero. Manolo siempre lanzaba el tema, y tenías pocos instantes para responder antes de que saltara, vertiginosamente pero siempre con gracia, al siguiente. Su monólogo siempre giraba alrededor de un número de temas: los piratas ingleses destruyeron el imperio; su artritis estaba peor, y durante la noche le entraba una sensación de no poder respirar (¡Me ahogo, Lorenzo, me ahogo!). Me regañaba por fiarme tanto de los demás, pues decía que "para conocer a un hombre, hay que comerse un saco de sal", y en cuanto a la sinceridad, lo más inteligente era siempre declararse de acuerdo con el interlocutor del momento ("¡Hipócrita, Lorenzo, hay que ser hipócrita!"). Opinaba que Manuel Torres era el mejor cantaor de todos los tiempos, quizásporque estaba muerto; de los vivos no decía nada, porque pensaba que era él. Y si nos encontrábamos más o menos solos, se quejaba de la injusticia que sufría de no haber sido "un moro con un harén de veinte mujeres"... Yo diría, en fin, que aparte de su talento musical, era su total transparencia e indiscreción lo que más distinguía a Manolo de los demás hombres del pueblo.

        Pero nuestro interludio filosófico no duraba mucho. Era suficiente que una imponente matriarca gitana, indignada por el precio que había puesto a algún tendón, gritara "¡tres pesetas!" para que Manolo volviera a la carga, olvidándose totalmente de mí.

        Es posible que otros cantaores de flamenco le hayan superado en virtuosismo, pero ninguno tenia la rica, policromada resonancia de la voz de Manolo cuando, como él mismo decía, daba el cambio entre un registro y otro. Era para ponerte carne de gallina - y la prueba es que el propio Manolo nunca hesitaba a mostrarme su antebrazo nervudo, apartando la manga de su camisa para exhibir la impresionante cantidad de bollitos que le causaba su propia música. Como a todos los verdaderos artistas, no le hacía falta a Manolo otro público que él mismo.

        En la actualidad, debido al masivo apoyo oficial para el flamenco, con abundantes premios, subvenciones y cobertura mediática, ha surgido toda una generación de cantaores de buen nivel profesional, pero, para mi gusto y en comparación con Manolo, se parecen más a atletas vocales que al menestral ambulante, al poeta musical que era mi amigo. Cuando los veo sentados solemnemente en el palco iluminado de los festivales y concursos, o en el estudio de televisión con su ambiente más intimista, los bien alimentados, bien remunerados cantaores de hoy me recuerdan, con sus largos rugidos de dolor simulado y sus imponentes micrófonos, los pacientes de un consultorio odontológico que se arrancan, una por una, las muelas. Pero los ays de desespero de Manolo no eran brutales, sino que desbordaban de una delicada ironía agridulce. Y mientras los iba alargando en interminables arabescos, te miraba de forma penetrante, casi suplicante, como si estuviera intentando transmitirte una verdad que no se podía decir de otra manera que por la siguiriya y la soléa...

        La diferencia con hoy es que el austero, tenso entorno socioeconómico de aquellos años era mucho más propicio para el flamenco natural. Hace poco escuché un joven cantaor de pinta sofisticá que tenía las llaves del coche colgadas del bolsillo, y que cantaba sobre la desgracia de un hombre cuya madre murió sin asistencia porque él era demasiado pobre para llamar al médico a casa. Pero con Manolo no era así, cada palabra surgía del sentimiento, e incluso de la experiencia personal. Había luchado con los Anarquistas en la Guerra Civil, y el resto de su vida se la pasó caminando con sus cabras y ovejas por los montes - caminando, soñando y cantando...

        Me quedaba esperando en la Plaza hasta que Manolo cerrara la tienda, que sólo abría por la mañana, para dirigirse después al matadero, lugar cavernoso y sombrío en donde preparaba la carne del día siguiente. En manos de Manolo, lo que hubiera sido un espectáculo meramente patético se transformaba en lo que yo, con mis ojos de poeta, veía como grandioso ritual pagano. Escribí un poema sobre la escena, poema que perdí hace mucho tiempo junto con todos los demás que escribí en Montefrío, en que lo describo como brujo o sacerdote que sacrifica el cordero mientras canta, aunque la verdad es que Manolo cantaba todo el tiempo, indiferentemente de lo que estaba haciendo. Me acuerdo que el poema hablaba de una niña con trenzas que se acercaba con un cubo para recoger las entrañas, que su madre después limpiaba en la pila. Cuando Manolo había terminado, se llevaba el cubo con las tripas y la sangre a casa, donde María preparaba la morcilla para la tienda. Ponía la tapadera del cubo al revés para apartar el hígado, los riñones y las mollejas, que llevábamos primero hasta mi casa para que Lilo nos preparara las tapas, poniéndolo todo a freír en la gran sartén con ajo y aceite, encima del fuego de carbón.

        Mientras esto se hacía, yo ponía en marcha el tocadiscos. Había traído desde Nueva York un equipo portátil de alta fidelidad, bastante voluminoso y pesado, que causó sensación en el pueblo, ya que ninguno de los aficionados disponía de un aparato para escuchar sus cantaores preferidos. También traje de Madrid un nuevo elepé del gran cantaor Antonio Mairena, entonces en el apogeo de su gloria. De este modo, me llegaban a casa en cualquier momento del día Manolo, Cristobal el panadero y los dos hermanos gitanos, Melchor y José, para que les pusiera el disco una vez más. Lo hacía gustosamente, pues ellos aprendían escuchando, y después siempre me brindaban su propio concierto improvisado.

        Escuchado el disco y consumido el vino y las mollejas, y como hacía siempre mucho calor, Manolo se olvidaba de que le esperaba la mujer y se ponía a dormir en el gran colchón relleno de paja que teníamos en el suelo de la segunda planta. Pronto estaba roncando estruendosamente, con una densa nube de moscas volando alrededor de sus sudorosos calcetines. Al rato se escuchaba el lamento de María, en la calle por debajo de la ventana, "Manolo, la comida, Manolo, la morcilla". No le preocupaba tanto que su marido llegara tarde para el almuerzo, sino que la sangre se cuajara antes de verterse a la olla que tenía esperando en la chimenea.

        Muchos años más tarde, cuando comenzaba a ganar premios y aparecer en la tele, la gente del pueblo lo consideraron con un cierto respeto, pero en aquellos tiempos lo tenían como loco perdío y nada más. Sucede que Manolo poseía una virtud bastante rara entre los hombres ibéricos, que era su incontrolable espontaneidad. Por ello, su comunidad le malentendía, y, justamente por ello también, yo le amaba.

        Voy a concluir mi tributo a Manolo con un anécdota que en su tiempo causó bastante angustia, pero que, en los años finales de nuestra amistad, llamábamos alegremente la historia del "tomate de la Lilo".

        Una mañana, Lilo salió furiosa de la carnicería y se dirigió a mí, con su rostro enrojecido de justa indignación. Pretendía que entró para comprar carne pero que en vez de atenderla correctamente (¡como si Manolo atendiera jamás a nadie "correctamente"!), este se contentó con examinar el contenido de su canasta de compras, pasando a sacar de ella, como si fuera suyo, un gran tomate, que acto seguido comenzó a comer de la misma forma en que se come una manzana (algo que a Manolo le gustaba mucho), dándole la espalda a Lilo y volviendo a sus amas de casa, todo sin decirle una sola palabra.

        En retrospectiva todo parecía totalmente insignificante, un disparate, un gesto eccéntrico de los cuales Manolo lanzaba 100 por día, pero yo estaba muy influenciado por Lilo, además de tener muy mal genio, y entré precipitadamente en la carnicería, acusándole con gran indignación de haber ofendido mi mujer, delante de sus atónitas clientes. Manolo me contestó con algunas palabras que no recuerdo pero que seguramente no contenían ni pizca de remordimiento, y me fui.

        Pronto me calmé y comprendí la tontería que había cometido. Pero el mal estaba hecho - le había deshonrado a mi amigo delante de los demás. Cuando me crucé con él en la calle, me dio la espalda, y volví a casa totalmente desesperado, lleno de remorso.

        Esta situación intolerable continuó durante varios días, e incluso Lilo (que se mosqueaba muy fácilmente, por ser alemana, porque siendo mujer vestía como un muchacho) tuvo que confesar que la cosa había tomado proporciones exageradas. Le escribí a Manolo una larga carta, suplicando que me perdonara, insistiendo en la gran importancia que nuestra amistad tenía para mí, y amenazando irme de Montefrío inmediatamente y para siempre si el no prometía olvidar todo lo que había sucedido. Coloqué el sobre por debajo de su puerta esa misma noche.

        El día siguiente lo encontré en la Plaza, volviendo a casa con su cubo de tripas, y después de premiarme con una rápida sonrisa, reanudó nuestra última conversación... es decir, nuestra última conversación antes del tomate.

 

Manuel Ávila Rodríquez, 1912 - 1993

 

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