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CER-AGUA
Siempre he chocado a mis amigos españoles con mi total falta de interés por la política. Será porque, a pesar de haberme convertido hace mucho tiempo a la forma de vida latina, sigo teniendo la mentalidad anglosajona, apolítica. Y ahora, el tiempo ha probado que tengo razón: la izquierda y la derecha ya no son considerados como una manera suficiente de dividir el mundo. Os voy a contar una historia que, por cierto, sucedió antes de la llamada muerte de las ideologías, pero que, en mi pueblo de adopción, podría facilmente repetirse hoy mismo. En Montefrío las cosas siempre tardan mucho en llegar.
Cuando restauré el cortijo que me había comprado, en el verano de 1985, recibí mucho ánimo y apoyo de todos, quizás porque soy el único extranjero que jamás haya decidido vivir en Montefrío, e incluso uno de los muy pocos que lo hayan visitado más que superficialmente. Me sorprendió, pues, cuando el director de mi banco, una persona cordial que, además, no tenía ninguna razón para desconfiar de mí, se negó, con bastante desconcierto, a adelantarme el dinero correspondiente al importe de una transferencia extranjera que me tardaba en llegar, dinero que necesitaba para pagar a mis albañiles.
Comenté el hecho a un distinguido amigo mío, que después de quedarse callado un momento, decidió explicarme porque el director tomaba esa actitud. En manos de un Guy de Maupassant, su relato se volvería, indudablemente, una pequeña joya del género vanidad y miseria humana, pero no teniendo ningún talento para la dramatización, tendré que contarlo de la forma más directa posible.
Unos años antes llegó al pueblo en el autocar de Málaga ¡hecho totalmente insólito! una pareja de viejos alemanes, que se hospedaron en La Fonda. El hombre hablaba con mucha fluidez un pésimo español, pero la mujer se quedaba siempre callada. En el bar el alemán contó que volvía a su tierra desde la Costa del Sol en su Mercedes Benz, cuando el coche se averió. Tuvo que dejarlo en un taller de la carretera, hasta que llegara una pieza especial de Alemania. Tomaron el autocar hasta el pueblo más cercano para esperar a que el mecánico les llamara.
Pronto hicieron amistad con los clientes del bar de La Fonda, que en aquellos tiempos era aún el lugar de encuentro ritual de las dos o tres familias hidalgas, los administradores y personal de banco que formaban la élite del pueblo: todos ellos, naturalmente, pertenecientes a lo que hasta hace poco tiempo yo hubiera llamado la derecha sufrida. El alemán era muy locuaz y contó que había sido piloto en la Segunda Guerra, participando a bordo de su caza Messerschmitt en la fatídica Batalla de Montecassino, cuando las fuerzas aliadas desembarcaron triunfalmente en Italia. Los clientes de La Fonda se sentían honrados de tener entre ellos un auténtico representante del glorioso Reich del cual España había sido aliada no oficial, y se esforzaron para que este carismático personaje se llevara del pueblo, o por lo menos de su clase pudiente, la mejor impresión posible.
Otro motivo, bien español, de su inmediata simpatía para los dos viejos: bebían constantemente y sin emborracharse. Pero nada de vinos ni finos: sólo consumían una mezcla de cerveza y coñac. Cada vez que se les servía una caña, encadenándose con la anterior, le echaban una copa de Fundador para darle más fuerza. Cuando mi amigo le preguntó por qué, el viejo le dijo así, con aire de entendido en el asunto: "Cerveza española cer-agua".
Fueron invitados a todos los bares, y a todas los chalets y palacetes; el viejo hablando, la vieja callada, y los dos bebiendo toda la cerveza y coñac que les echaban. Pero al cabo de unos días, una pequeña nube vino a oscurecer esta luna de miel solidaria entre la burguesía local y el viejo guerrero. Una mañana el alemán se presentó en el banco preguntando a su ya afectuoso amigo Juan por... una transferencia en marcos alemanes que decía haber pedido a fin de cubrir los gastos inesperados de su estancia y de la reparación del coche.
Tal fue la sorpresa del alemán delante de las excusas de Juan por la lentitud del sistema bancario español, y tal su preocupación al darse cuenta de que efectivamente ya no tenía un duro para gastar, que el serviciable Juan inmediatamente le adelantó, de su propio bolsillo, un importe casi equivalente a la mitad de su salario mensual. Acto seguido, contactó con los demás amigos para que juntaran una vaquilla que el alemán podría devolver cuando le llegara la transferencia. Naturalmente, fueron generosos, ya que no querían que el alemán pensara que eran unos míseros.
Ahora viene la parte de la historia que nunca he comprendido claramente; es como si el alemán no fuera sólo un fino estafador sino también un sádico, que buscara humillar a sus inocentes víctimas después de haberles robado. Para mostrar su agradecimiento por toda la bondad que había recibido, decía, mandó a Paco de la Fonda asar unas piernas de cordero e invitó a comer a todos sus nuevos amigos. Reunidos todos a la hora marcada menos los alemanes, se extrañaron, conociendo la disciplina ejemplar del pueblo germánico, de que no hubiesen llegado a tiempo. Temieron que algo les habia sucedido, y pidieron a Paco que subiera a la habitación. Después de golpear repetidamente, éste miró por el ojo de la cerradura y vio... una maleta puesta en la mesa, junto a la puerta para tapar la vista. Tardaron poco en conocer que los alemanes habían viajado en taxi esa misma mañana a la estación de autobuses de la ciudad más cercana, dejando atrás sólo la maleta vacía.
"¿Y que habéis hecho de las piernas de cordero?", le pregunté a mi amigo. "Las comimos" respondió, "como teníamos que pagarlas...". El pobre Juan, que en aquel tiempo era apenas empleado y no director, perdió sus 35 mil pesetas, además de sentirse responsable por la idea de la vaquilla. Los alemanes dejaron cuentas en la mitad de los bares del pueblo, y Montefrío tiene muchos: uno para cada 200 habitantes, según mis últimos cálculos.
Mi amigo perdió el sólo unas 100 mil pesetas; nobleza obliga, pagó más que Juan. "Pero", me dijo, con sólo un leve trazo de amargura, "considero que valió la pena: pagué para ver trabajar a un verdadero artista". Es siempre desagradable tener que admitir que te han engañado, y aún más para un digno caballero andaluz, aunque reconozco que esta manera de ver las desgracias da muestra de una bella filosofía personal.
Al final del verano, uno del círculo de amigos de La Fonda tuvo que hacer un viaje de negocios a Madrid, y aprovechó la ocasión para presentar una queja a la Embajada Alemana. Cuando contó lo sucedido, el empleado le dijo sin parpadear, "¡Ah, ese! Ha hecho la misma trampa en todos los pueblos de España." Entre Montecassino y Montefrío, habrá encontrado muchos hombres crédulos, y quizás los esté encontrando aún.
"Era un hombre destrozado por la bebida", me dijo mi amigo. "Pero diré una cosa en favor suyo: TODOS LOS DIAS SE PONIA UNA CAMISA LIMPIA". Es una virtud que a mí, como inglés, me hubiera pasado totalmente desapercibida.
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