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La samba de los cisnes 

        Viendo que se presentaba La Bella Durmiente en Granada, a cargo del Ballet de Minsk, aproveché la oportunidad para - una vez más - recordarle a mi hija de 7 años que todos los espectáculos no pasan obligatoriamente por la pantalla del televisor. Nina se quedó encantada - en parte, reconozco, por que la trama la conocía ya por el dibujo animado de Walt Disney...

        El arte del ballet, con sus gestos artificiales y repetitivos, siempre me ha resultado algo aburrido, aunque reconozco que la música de Tchaikovsky es muy hermosa. Pero allí en el Palacio de Congresos de Granada, viendo a las hadas y princesas levantando piernas y brazos un tanto como muñecas mecánicas, surgió de los cargados fondos de mi memoria ésta la única historia de ballet de mi vida, que creo os divertirá.

        Hace 30 años vuestro servidor vivía en una chabola de negros de Río de Janeiro, descubriendo la vida brasileña y, con menos éxito, a mí mismo. Me mantenía dando clases de inglés a algunos vecinos del cercano barrio playero de Copacabana, entre ellos al corresponsal del periódico Le Monde, un francés simpático y un tanto desengañado. Inevitablemente, Philippe y yo nos hicimos amigos.

        Su compañera brasileña, sofisticada mujer divorciada llamada Marina, tenía un problema de tipo logístico - los problemas de los ricos son siempre más interesantes que de los pobres, como cualquier tele-espectador de las novelas brasileñas lo confirmará. Según me contó, la academia de ballet donde estudiaba su hijita estaba en crisis porque la recién importada directora - auténtica dama rusa, de estirpe zarista - no conseguía atraer a alumnos niños, sólo a niñas. Para la machista sociedad brasileña, eso de dar piruetas y hacer el gran écart era coisa de meninas, y punto final. Sabiendo pues Marina que yo vivía en la favela, lugar que de ninguna manera formaba parte de su entorno social, se le ocurrió que mediante unas becas de estudios, debidamente acompañadas de unos buenos bocadillos, se podría atraer a algunos de aquellos elásticos muchachos que se ven en los carnavales, para que las niñas de la academia pudieran efectuar el paso a dos apoyadas en un auténtico, aunque negro, brazo de varón.

        Así fue como una noche de verano acompañé a Philippe, Marina, su hijita y la referida dama rusa, a un ensayo del gran desfile de carnaval de mi barrio, que se celebraba en una modesta plazuela de tierra batida entre las chabolas. Desde ahí, en los altos del Morro do Cantagalo, se "dominaba" todo el espectacular paisaje del litoral de Río, aunque sólo en el sentido visual - en Brasil, los pobres pueden ver a los ricos pero no viceversa.

        Nos colocaron delante de una mesa cargada de heladas batidas de limão y de suculenta feijoada, y el espectáculo comenzó, al ruido ensordecedor de los tambores de nuestra pequeña pero dinámica escola de samba , en la cual yo mismo desfilé, graciosamente vestido de frac, durante el carnaval del '67. No me acuerdo ya de los muchos niños descalzos que aquella noche desplegaron para nosotros su fabuloso arte afro-brasileño, sin desconfiar de que les inspeccionaba una exigente prospectora de talentos rusa. Sólo me acuerdo de Heloiza.

        Heloiza era una hermosa mulata, alta y sensual, como sólo Brasil las hace. Cuando vio al francés cuarentón e interesante ahí boquiabierto y aparentemente dando sopa (lo que en brasileiro significa, disponiéndose para ser ligado) Heloiza entró en lizas para que éste aprendiera una vez por todas, como lo dice la vieja canción, "lo que la mulata tiene que no lo tienen las demás" (o sea, las blancas). Moviendo su largo y sinuoso cuerpo al ritmo de los tambores de tal modo que el más ligero cisne del lago hubiera quedado, en comparación, con pinta de pato siberiano semi-congelado, Heloiza fijó sus enormes ojos en los de Philippe - que, hipnotizado, no dudó en devolverle la mirada ni un peligroso instante. Pasó la joven a brindarnos la más bella representación del acto sexual que jamás he visto, y he visto muchas.

        La noche terminó, como es de suponer, en catástrofe. Bajamos rápidamente de la favela, siguiendo al arrepentido Philippe que corría detrás de la mortalmente ofendida Marina, intentando convencerla de que su exceso de entusiasmo fue realmente por la samba y no la sambista. La rusa, por su parte, se mostraba profundamente escandalizada por todo lo que había visto. "¡Es necesario civilizarlos!" me decía indignada, en su inglés con fuerte accento muscovita, añadiendo con desdén que eso que yo tanto admiraba "no es BAILE, sólo ritmo". Yo, por mi parte, sólo lamenté que algunos pequeños favelados perdiesen los bocadillos que eran, y estoy seguro que estarían de acuerdo conmigo, la atracción principal de la beca.

xx