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La casa de la Esquina de Jesus

 

        Vine a España con la intención de estudiar la "cultura hispana", que para mí, ingenuamente, significaba las cosas que me gustaban, como el cante flamenco y la poesía de García Lorca y San Juan de la Cruz. Pronto comprendí que, en realidad, nada de eso existía en el programa de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, durante el auge del poder del General Franco. El flamenco era una sub-cultura para gitanos, bohemios y unos pocos intelectuales (y ahora me parece que estaba mejor así); Lorca estaba naturalmente proscrito (sus libros, impresos en Argentina, se vendían pero no podían estar expuestos); y el místico-erótico San Juan no correspondía en nada a la imagen moralista que el regimen deseaba transmitir de la fe cristiana.

        Para mí, que venía de Nueva York, el ambiente de la Facultad era hermético, casi medieval. Mis compañeros de clase eran monjas, curas seminaristas y, en su mayoría, muchachas madrileñas acomodadas que se destinaban a la enseñanza media, y confieso que tardé muy poco en enamorarme de una de ellas. Sólo estudiábamos los autores cuyas ideas eran aceptadas por el Opus Dei, una poderosa organización católica a la cual pertenecían casi todos nuestros profesores. Comprenderéis por qué, entonces, acabé pasando mucho más tiempo en los bares de la Plaza Mayor con mis amigos de la residencia e intentando encontrarme a solas con la arriba mencionada, que estudiando.

        Sufrí especialmente con el latín, ya que en eso los estudiantes españoles estaban muy adelantados, debido a su anterior formación secundaria. Además, por ser lengua muerta, merecía mi más completa indiferencia, aunque más tarde me arrepentí de haber pensado así. Un joven cura que estudiaba conmigo se ofreció para darme unas clases de refuerzo, y pasamos largas horas sentados junto a la mesa de camilla de su pisito mal iluminado, asándonos la mitad inferior del cuerpo al calor del brasero de carbón, mientras intentábamos calentar la parte de arriba, la que no cubría la manta, con las copitas de coñac que nos ponía su vieja madre. En cuanto al latín, la ayuda del entrañable Joaquín no hubiera sido suficiente para salvarme del fracaso.

        Pasé las vacaciones de Navidad con la familia de mi compañero de aventuras del verano, Yves, en una pintoresca buhardilla (sous les toits, como dicen) de un sombrío edificio del decimoprimero distrito de la Ciudad Luz. Fue mi primera visita a Francia y me hizo comprender que, parafraseando las palabras de una famosa cantante americana, en mi vida habrían dos amores, España y París.

        Ya de regreso a mi apartamento de la Calle de los Madrazo (pues quedé poco tiempo alojado en la incómoda residencia) comencé a comprender mi error. Madrid, en lo fundamental, no era sino una ciudad dura y gris como tantas otras, y por lo tanto sin alma. La misteriosa Pilar era por cierto más bella y femenina que mis novias revolucionarias del Greenwich Village, pero era mucho menos atrevida. Y con respecto a mis estudios, estaba claro que no iban a servir para nada, salvo como justificación de mi renta de 75 dólares mensuales. En aquellos tiempos cuando los tipos de cambio aún no flotaban, ella se traducía en 4.500 pesetas, que me entregaba decorosamente un empleado del imponente Banco Español de Crédito de la Calle de Alcalá. Era mucho dinero, permitiéndome llevar una vida de señorito, vistiéndome en las sastrerías de la Puerta del Sol, tomando taxis a todo los lugares e invitando a mis amigos españoles de la residencia, que nunca tenían un duro, a beber en las tascas de la Calle Victoria...

        Así, sin preocuparme demasiado por el resultado académico de mi impulsiva decisión, me trasladé a la Universidad de Granada a principios de aquella primavera, en pleno programa del primer año de Filología Románica. Confieso que nunca tuve grandes ambiciones con respecto a los estudios, a pesar de lo que dije a mi pobre padre para que me los costeara. Eran otros tiempos, había pocos jóvenes y muchas oportunidades, y, sencillamente, pensé que había nacido con los dotes intelectuales que necesitaba para vencer en la vida sin haber adquirido ningún documento que los reconciera oficialmente.

        Detrás del esplendor de su gran castillo moro, Granada era una pequeña y dormida ciudad de provincia y la Facultad (situada entonces en un antiguo palacio) aún menos interesante, desde mi punto de vista, que la de Madrid. Yo era el único estudiante extranjero, motivo suficiente para que El Ideal me hiciera una entrevista, en la cual hablé del flamenco que definí, con bastante acierto, como "el grito del hombre en la soledad". El periodista se refirió a mi "melena de pelo rubio, como un rio de oro", que tenía fascinados a todos, y dije que Montefrío era el lugar más fascinante del mundo, lo que fue muy bien recibido por los pocos del pueblo que leían el periódico.

        Elegí estudiar árabe clásico para no tener que estudiar griego, mereciendo la admiración de mis compañeras de clase - eran todas chicas, pero esta vez no me enamoré de ninguna de ellas - por la elegancia de mi caligrafía, aunque no entendía casi nada de lo que estaba escribiendo. Pronto se acabaría mi romance pasajero con la Universidad Española, para dar lugar a otro, que resultó ser algo más duradero y bastante más conmovedor. A principios de Semana Santa encontré, en una bodega, a una joven pintora alemana de espíritu parecido al mío, tomando vino entre un grupo de viejos verdes, de quienes la rapté sin más. Esa misma noche la llevé al Albaicín para ver el sol nacer sobre la Sierra Nevada desde la Plaza de San Nicolás, y, unos días después, a Montefrío para escuchar las saetas. Manolo Avila fue, sin duda alguna, el carnicero más espiritual de toda la historia de la música, y máxime cuando salía en el balcón del Casino con su traje gris y camisa blanca sin corbata, para saludar en viva voz al Cristo martirizado, a quién se parecía bastante, y no sólo cuando cantaba.

        Lilo estuvo de acuerdo en que tanto Montefrío como Manolo eran únicos, y después de interminables conversaciones y botellas de vino, decidimos pasar el verano en el pueblo, para después irnos juntos a vivir y estudiar en París, yo en la Sorbona y ella en un atelier de pintura. De nuevo, se trataba de una decisión impetuosa que en su momento me parecía ser la solución definitiva a mis problemas existenciales, pero que terminó siendo otra ruina que, como siempre sucede con las ruinas, sólo adquirió valor con el paso de mucho, mucho tiempo. Pero a partir de entonces España para mi se transformó en aquel país soñado al cual peregrinanba esporádicamente, y cuya Meca era Montefrío.

        De regreso unos meses más tarde, después de un recorrido por Francia y Alemania en autostop, nos alquilamos una casa para vivir. Era casi tan hermosa y alta como una torre de la Alhambra, con un ático que tenía tres arquitos arabescos de yeso y cal en cada lado. Contenía también un monumento religioso: había una imagen del Cristo de Moclín embutida en su canto y protegida por una reja, por lo cual el lugar tenía el nombre de La Esquina de Jesus, y la casa el nombre del lugar. Esta imagen, también conocida como el Cristo del Paño, es un grabado muy reproducido de un cuadro que se encuentra en la iglesia de un pueblo cercano que muestra el Señor subiendo al Calvario, y que tiene fama en la región de milagrosa, dando lugar a una gran romería todos los meses de Octubre. Los que van a curarse son ancianos con la visión empañada de cataráctas - la enfermedad se llamaba popularmente el paño - y mujeres estériles que creían que besándola parirían. Como tal es mencionada por Lorca en su drama Yerma, y por esta misma razón el pequeño santuario de nuestra casa, en aquellos tiempos cuando la infertilidad era siempre culpa de la mujer, siempre desbordaba de flores.

        Tuvimos primero que ir a Córdoba para hacer el trato con la propietaria, que tenía en su modesto piso una cantina para albañiles. Allí, alrededor de una mesa cubierta de plástico blanco y después de negociar un alquiler de 650 pesetas por mes, lo que venía a ser 11 dólares por mes y que nos parecía muy barato, aunque los vecinos después pretendieron que lo hubiese dejado por la mitad, nos confió la matriarca una pesada llave, que nos llevemos a Montefrío como dos caballeros medievales en busca del Santo Graal. La única condición era que no podíamos utilizar la sala y dormitorio de la primera planta, dónde ella guardaba sus cosas, y dónde siempre paraba una semana durante las fiestas de la Virgen, en el mes de agosto.

        Como estábamos siempre en la torre pintando y escribiendo y dormíamos en la segunda planta, la presencia de este pintoresco personaje nos resultó más divertida que otra cosa. Era una gruesa campesina un poco bigoduda que vestía, naturalmente, de negro y tenía un marido pequeñito a quien le faltaba una pierna. Algunos años más tarde esta amazona cayó muerta en una estación ferroviaria en Francia, donde había ido para visitar a un pariente emigrado, y curiosamente es recordada hasta hoy por su apodo de La Barranquilla, debido a una curiosa asociación entre el título del famoso merengue colombiano, y el hecho de que, antes de marcharse a Córdoba, había sido la dueña de un bar; (de allí bar-ranquilla). Pero su nombre de pila, que, como siempre sucede, nadie utilizaba excepto cuando se dirigían directamente a ella, era Antonia.

        Es interesante para un extranjero constatar que con tantos Antonios y Antonias, Josés y Josefas, en una sola comunidad, resulta imposible identificar a la gente sin evocar los apodos. Pronto aprendí que era prácticamente inútil preguntarle a un nuevo amigo cómo se llamaba, porque me daba siempre su nombre oficial, y cuando después quería localizarlo, cómo sólo le conocían por el apodo, no servía para nada preguntar por "Rafael". ¡Era casi como si el nombre real de aquel hombre que todos siempre habían llamado de Chato o Palino fuera un secreto guardado por su madre y el cura que lo bautizara! Para comprender a los andaluces, el forastero tiene que acostumbrarse a la idea de que aquí, nada es lo que se llama ni se llama como es...

        El pueblo tardaría unos 15 años más en tener agua corriente; Lilo iba con las mujeres a llenar su cántaro en el pilar por detrás de la casa, de donde siempre salía un chorro de agua que se escurría por las piedras de la calle, acompañado por un chorro de estridentes voces femeninas que hablaban por hablar. Siempre me ha impresionado cómo las andaluzas, cuando se encuentran entre mujeres, consiguen inventar tantas cosas para decir y sólo por no quedar calladas, como si de un misterioso juego ritual se tratara. A veces pienso, incluso, que es mi propia necesidad compulsiva de comunicar la que explica por qué me encuentro tan a gusto aquí, a miles de kilómetros del suburbio londinense donde vine al mundo, y donde las personas, cuando se atreven a salir con la lluvia y el frío, suelen decir justo lo que tienen que decir.

xx