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La cueva de las gazapillas

        En los últimos años se han puesto de moda las películas humorísticas sobre la Guerra Civil Española. Parece que nuestros directores, viéndose incapaces de representar aquella tragedia con dramatismo, han optado por burlarse de todo, como si fuera una gran broma. Algún estudio de mercado les habrá avisado que el público español no está aún preparado para consumir películas que podrían abrir viejas heridas, y que lo más rentable sería transformar la guerra en comedia.

        Pero a mí, cada vez que asisto, en la tele y siempre por casualidad, ya que no tengo televisor en mi casa, alguna escena de estas películas revisionistas, me causa un gran malestar. Esos militares y personajes absurdos que se comportan como locos y dicen tonterías se me hacen irreales, cuando pienso que durante aquellos terribles años sufrían y morían miles de niños y mujeres, monjas y campesinos inocentes, además de los propios soldados.

        La guerra, pues, no es solo la lucha armada entre grupos opuestos de militares, es también la desesperación y la angustia que deja clavadas, para siempre, en los corazones de todos los infortunados que sufren sus consecuencias. Por lo tanto, no tiene nada de gracioso. Sin embargo, debo confesar que me contaron hace poco una historia de la Guerra Civil que podría fácilmente servir de tema justamente a una de esas películas. De verdad, tiene este relato muchos matices cómicos, tanto que cuando lo escuché por primera vez me pareció bastante divertido. Pero pronto me puse a imaginar todo el sufrimiento que deben haber implicado aquellos sucesos, y mi sonrisa se fue desvaneciendo. Tenemos, las personas que pensamos, que hacer un esfuerzo consciente para que los desastres del pasado no se transformen, con el paso del tiempo, en anécdotas que se cuentan por divertirse y se olvidan después. Como lo dijo un filósofo húngaro, la pena de hoy se acaba convirtiendo en el placer de mañana, sólo que el terrible orden de las cosas impone que esa pena y ese placer nunca sean sentidos por un mismo individuo.

        Comenzaré, pues, por explicar que en mi pueblo, que es andaluz pero que no se encuentra en una de las zonas que se llaman de trogloditas, sólo existe una cueva habitable. Esta única cueva tiene otro distintivo más especial aún: es mía. La compré el invierno pasado con la intención de convertirla en una vivienda de hospedaje para lo que convenimos en llamar de turismo rural.

        Cuando mi cueva esté encalada, decorada y equipada, tendrá, espero, un gran éxito entre los madrileños y los ingleses que nos vienen a visitar, tanto por típica como por hermosa y original. Es una caverna natural, de techo irregular, y con unos 40 metros cuadrados de suelo. Domina los techos del pueblo y el castillo moro desde un escarpado tajo, rodeado por un paraje muy romántico de pinos y rocas. Sólo me costó el equivalente del salario mensual de un trabajador, aunque tendré que gastar mucho más para reconstruir el camino de acceso, que se hundió durante las fuertes lluvias del año pasado. Pero esta expensa me trae sin cuidado, porque estoy tan enamorado de mi cueva que a veces pienso que algún día me pasaré a vivir en ella.

        Los patriarcas siempre me han hablado de la cueva, pues el sitio y sus habitantes desempeñaron un lugar muy significativo en su vida cotidiana, o mejor dicho, clandestina, ya que fue durante años un prostíbulo. Sin embargo, otros ciudadanos menos nostálgicos prefieren olvidar aquellos sucesos, pues la tendencia de nuestra sociedad actual es pensar sólo en el presente, en el eterno ¡ahora! que se está viviendo, o más bien consumiendo. "Lo que pasó, ya está en el pasado", me dicen filosóficamente aquellos de mis amigos que fueron demasiado jóvenes para frecuentar la cueva cuando era un putiferio, esperando que con eso me olvide de ella y escriba sobre otro tema que no les incomode tanto.

        Pero a mí si me interesan las cosas pasadas, e incluso me parece muy poco consejable querer olvidarlas, por lo cual he decidido apuntar aquí todo lo que sé con respecto a la cueva de las gazapillas, como los viejos la llaman aún. Este curioso nombre viene de las dos mujeres que allí vivían, antes y después de la guerra. Su padre, camionero de profesión, tenía el apodo de El Gazapo, y aquí los apodos se heredan en el diminutivo, tal como a mi añorado amigo, el cantaor de flamenco Manolo Avila, que por señal andaba recto como una espiga de maíz, le llamaron, durante su vida entera, El Cargaillo porque su padre, debido a una curvatura vertebral, tenía el apodo de El Cargao.

        Antes de contaros lo que he aprendido con relación a las hijas del Gazapo, debemos, me parece, meditar sobre una cosa que resulta, para los que vivimos en el mundo occidental de la segunda mitad del siglo XX, aún más difícil imaginar que la guerra. Se llama Hambre. Decimos a menudo y despreocupadamente "Estoy muerto de hambre" sólo porque no hemos comido en cuatro o cinco horas, pero si realmente supiéramos lo que es pasar hambre no hablaríamos nunca así. El Hambre que dejó como secuela la Guerra Civil, en una España sin amigos ni aliados, fue, durante por lo menos diez años, un estado permanente, o casi permanente, en que raramente había bastante para comer, y en que muchas veces no había nada. En mi pueblo los hombres arrancaban raíces para dar de comer a sus familias. A las mujeres que no tenían marido no les quedaba más que arrancarse los pelos, y las más desgraciadas tuvieron que abandonar su condición de mujer honrada también.

        A mi personalmente me cuesta imaginar el hambre, pero sé que existe por las cosas que hacen aquellos que la hayan sufrido. Conocí, hace muchos años en un barco cuyo destino final era Argentina, a un alemán que me contó que, siendo soldado en el ejército de Hitler, había participado en la ocupación de Yugoslavia. Allí faltaba comida a tal punto que las madres, con sus maridos prisioneros o muertos, se vendían a los invasores - y, según me dijo esta cínica persona, a él también - por una sola patata. Una patata, que la mujer, después de arreglarse rápidamente las faldas, echaba en agua hervida y dividía entre sus niños hambrientos. ¿Cómo podríamos nosotros, que nos indignamos si en una cena de boda faltan langostinos de los gordos y el más perfumado jamón serrano, imaginar lo que es ese Hambre con H mayúscula, que contamina todo a su alrededor como si fuera una bomba-H radioactiva?

        No faltó en mi pueblo, pues, como en todos los demás pueblos, una prostitución casera, discreta pero vigorosa, y mis amigos septuagenarios me cuentan de las legendarias mujeres que alquilaban el humero a cualquier inquilino que estuviera dispuesto a pagar tres pesetas (e incluso dos) para calentarse en él... Había La Lola, una gitana muy guapa de quien se enamoró escandalosamente un teniente de la Guardia Civil, casándose con ella y siendo entonces expulsado de la Benemérita. Había La Chuleta, que después se marchó a Barcelona, y también habían las dos hermanas de la cueva. Todas eran buenas hembras, según me cuentan mis amigos con la voz impregnada de nostalgia. El sexo, como dice uno de ellos, "es el primer vicio que se pierde", pero quien conoce íntimamente a los ancianos sabe que el recuerdo del instinto viril queda grabado en la mente muchos años después de haberlo perdido.

        Algunas de estas mujeres ya eran prostitutas antes de la guerra, pero Las Gazapillas, tal como las yugoslavas del odioso alemán, fueron creadas, como prostitutas, por y para los soldados. Como en el resto de Andalucia, la acción bélica duró poco, pues comenzó y acabó en el mismo verano. Los hechos han sido meticulosamente documentados por José García Avila, un historiador nuestro aunque desde hace muchos años residente de Madrid, y con su permiso los citaré de forma muy resumida, como telón de fondo para el micro-drama que no tardará en seguir.

        El primer suceso de guerra que tuvo lugar aquí es hasta hoy el más famoso, e incluso, para la mayoría, el único que se conoce. Una columna del Frente Popular salió de Málaga con ordenes de retomar Granada de los Nacionalistas e inexplicablemente se desvió hacia el pueblo. Los soldados entraron en la iglesia parroquial y, como muchos soldados republicanos en muchos otros pueblos, creyendo que así asestaban un golpe contra el antiguo regimen, rompieron y quemaron todas las estatuas y lienzos que contenía. Pero uno de los muchachos era hijo del pueblo y, como tal, no aceptó que se tocara a nuestra patrona, la Virgen de los Remedios, la querida remediadora que ayuda a tantos necesitados. En la confusión del saqueo, este muchacho consiguió entregarla a las monjas que vivían en frente, donde se quedó escondida hasta la llegada de las tropas franquistas.

        Lo demás, debido a nuestra escasa importancia política y estratégica, fue esencialmente lo mismo que pasó en otras partes de Andalucía. Buen número de dirigentes políticos fueron ejectuados, primero los de la derecha, y después los de la izquierda. Mientras el pueblo estuvo entre manos republicanas, los nacionalistas, despegando del aeródromo de Granada, lo bombardearon ocho veces; después del abandono del pueblo por los izquierdistas, que huían a pie, un avión republicano intentó hacer lo mismo, equivocadamente matando a varios de los fugitivos en un pueblito del camino, pues el piloto creyó que lo que veía era nuestro pueblo y que las largas filas que lo atravesaban eran los enemigos invasores.

        Después, vino Franco, como dicen. Los soldados nacionalistas establecieron un puesto de control en La Cruz Gorda, junto al puente, donde vigiliban todo lo que iba y venía entre el pueblo y Granada. La guarnición estaba en plena vista de la cueva, cuyo amo, el Gazapo, ya se había muerto en la guerra, dejando su viuda y sus cuatro hijos desamparados. La madre se llamaba María, y las dos hijas que pasaron a la historia, sin por ello cubrirse de gloria, se llamaban María y Antonia.

        Que me permitan la ironía de afirmar que no consta, en ningún documento ni libro histórico, la manera en que las dos chicas se derraparon hacia su condición de mujeres públicas, pues a los historiadores sólo les interesan las figuras claves y los héroes, y Maria y Antonia no eran sino pobres seres humanos que temían la muerte más que cualquier otra cosa. Pero yo diría, como fino conocedor de la naturaleza humana, y particularmente la femenina, que muy probablemente las dos chicas se enrollaron con algunos de los soldados en plan de amores, antes de hacerse comerciantes.

        Se aplicaba a ellas, sin duda, esta fatalista definición de la prostituta: es una mujer que primero lo hace por amor, después lo hace por amistad, y acaba haciéndolo por dinero. Sólo que debido a la escasez de víveres que bruscamente afectó al pueblo cuando estalló la guerra, Antonia y María habrán tardado poco en pasar de la primera a la última etapa. Los soldados si tenían comida, el rancho relglamentario, y según dicen los viejos, buscaron la manera de dar de comer a las niñas durante el día, para encontrarse con ellas en secreto más tarde, en las alamedas del arroyo.

        La escena se imagina facilmente: el va y viene de los camiones, el polvo y el calor, los soldados casi adolescentes de otros pueblos como el nuestro, las carabinas y la muchedumbre de niños delgados, viejos y gitanos que se juntaban para mirar y pedir algo de comer - y entre ellos, las dos muchachas, con sus tristes vestidos negros y sus bien gastadas alpargatas de esparto, si es que no iban descalzas...

        Pero en poco tiempo se iban presentando tantos soldados en mal de amores que el pago en comida ya no resultaba ventajoso, y las hermanas pasaron a cobrar sus servicios en dinero. Desde entonces se formaban las colas delante de la cueva. Las gazapillas engordaron, pues habían encontrado una profesión, la más antigua del mundo. Se les nacieron varios hijos, todos de padres desconocidos, pero fueron buenas madres, dentro de lo que se puede esperar, y mantuvieron la cueva en un estado primoroso, siempre encalada y decorada con macetas de geranios. Los viejos dicen que eran muy curiosas, pues no se les conocía ninguna enfermedad.

        Cuando los soldados se fueron, al finalizar la guerra, el hambre continuó, y las hermanas se dedicaron al mercado local. Entonces los hombres del pueblo iban formando la costumbre de terminar sus juergas en la cueva. Cuando le pregunté al viejo que me la vendió si él también había jodido allí, me respondió con una pequeña sonrisa melancólica, "Allí, todos hemos jodido".

        Y esto fue justamente lo que precipitó la expulsión de las dos hermanas. Un buen día, por alrededor del año 1950, las amas de casa se juntaron indignadas y subieron todas a la cueva en masa, armadas de sartenes y ordenando que las ocupantes se marchasen del pueblo inmediatamente. Se fueron Las Gazapillas, acompañadas de su madre, sus hermanos y sus niños, y nunca se volvieron a ver.

        Después, la cueva sólo fue habitada por vagabundos y, finalmente, por las cabras del viejo que me la vendió. Al hundirse el camino ya no podía subir para meter su rebaño cuando volvía del campo por la noche, y dijo a su primo, que es el marido de mi limpiadora, que la vendería por poco dinero. Cuando lo supe, no dudé en comprarla y por el precio que me pidieron, a pesar de no poder asomarme para ver su interior. Me acordaba de cómo era cuando la visité una vez hace unos diez años, y sabía que me iría bien.

        Después de reconstruir el camino, le pondré una puerta y una ventana antiguas que salvé de un derribo. Haré una chimenea con humero, y "esculpiré" los asientos y la mesa en piedra y yeso, en el estilo orgánico andaluz, que tanto me fascina. Meteré agua corriente y lámparas de gas para el alumbrado del interior. Será, cuando termine, una cueva de ensueño, donde pasarán sus vacaciones personas venidas de los cuatro cantos del mundo, periodistas, profesores, médicos, estudiantes, todas ellas muy distintas a las dos mujeres que antes allí vivían, o más bien, sobrevivían. Y, en recuerdo de las penas que sin duda alguna tuvieron que pasar, pues nada merece ser olvidado en la vida, ni siquiera las penas, regalaré a cada uno de mis clientes un ejemplar de este mi relato verídico, La cueva de las gazapillas.

 

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