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Milenio de los gitanos
Sinceramente, las grandes fechas populares como Navidad, Año Nuevo y el Día de la Constitución me importan un rábano y si no fuera por mis amigos, con su ciega adoración al calendario, nunca pensaría en ellas. Incluso a veces me cuesta recordar el día exacto del cumple de mi hija Nina, que nació en Rio de Janeiro hace doce años en el mes de noviembre, y que me estuvo regañando esta misma mañana cuando le confesé que no sabía si era el 7 o el 8. Como lo habrás adivinado, ese día (el 8) es especialmente importante para Nina por la ilusión de recibir un hermoso regalo del más adinerado de sus padres, que, cuando era aún pequeña, optaron, en una crisis pasajera de sensatez, por ser buenos amigos antes que cónyuges infelices.
Para defenderme, pues, le recordé, una vez más, que aunque no me acuerdo casi nunca de los cumples, salvo, melancólicamente, del mío propio, en compensación sí suelo felicitarme, todos los días del año y mediante pago de tributos tanto materiales como verbales, del mero hecho de que haya llegado al mundo, sin por lo tanto preocuparme por la fecha exacta, que fue decidida, aquel domingo veraniego, por un cirujano brasileño.
Pero esto es otra historia, que te contaré, un día, en otro lugar de mi "sitio". No quiero desviarme del verdadero tema que me inspiró a escribir este mensaje para el tercer milenio y que no es, como lo habrás adivinado, ni la llegada de una nueva era llena de amor ni, tampoco, el futuro incierto que espera a los habitantes del planeta.
El tema, como el título lo desvela claramente, es, o son, los gitanos. Me gusta escribir sobre ellos antes que nada para defenderlos, ya que casi nadie, en mi pueblo por lo menos, se preocupa por hacerlo, pero también porque forman el único grupo humano con el cual yo jamás haya tenido un claro sentimiento de comunidad. Por cierto, los gitanos, y las gitanas, me ayudan a pasarlo bien, e incluso, desde hace varios años, a ganar dinero, pues trabajan conmigo en el turismo. Pero más que nada, su manera de vivir y de ser rinde inconsciente homenaje a conceptos que para mí son fundamentales, como, por ejemplo, la independencia de las ataduras geográficas, el culto absoluto a la amistad, y, sobre todo, la creencia de que cada uno tenemos el derecho e incluso la obligación de sacarle a la vida la última gota de placer, mientras tengamos fuerzas por hacerlo.
Y puesto que los antropólogos nos dicen que los gitanos abandonaron la India en el siglo IX, y calculando que habrán tardado por lo menos cien años más en atravesar, mientras se buscaban la vida, la Persia, la Palestina y la Turquía, o, como aquél país se llamaba entonces, el Egipto Menor (y de dónde llevaron su nombre de egipcianos), me parece razonable suponer, para los fines de mi mensaje, que han estado errando durante unos mil años por nuestra parte del mundo. Por lo cual insistiré en proponer un brindis especial, durante la fiesta de fin de año que ofreceremos mis amigos calés y yo a los visitantes, dedicado al inicio europeo del segundo milenio de los gitanos.
Los gitanos tienen una cultura fuerte, como verás si vienes a cantar y a bailar con nosotros esta Noche Vieja, y quizás por ello su larga estancia en Europa haya afectado tanto a nuestra imaginación colectiva. Desgraciadamente, a excepción de algunos románticos perdidos como yo, los habitantes de los países donde hay gitanos los temen y los rechazan. Ni siquiera los socialistas los quieren, por ser tan difíciles de... socializar.
La razón de este rechazo es sencilla, aunque no muy razonable. Los gitanos han sido siempre excluidos de la sociedad "normal", y por ello suelen, no siempre pero siempre de forma muy llamativa, no respetar sus reglas de comportamiento e incluso sus leyes. Así, espantan a los otros con su manera de ser, a menudo misteriosa. A mí también, a pesar de haber vivido tantos años entre ellos, a veces me cuesta comprender por qué hacen ciertas cosas, pues obedecen una racionalidad que es suya propia.
Por ejemplo, el año pasado escribí un relato parecido a este que ilustré con un dibujo que representa a los gitanos de mi pueblo bailando delante de la iglesia, en la mañana del 25 de diciembre. Escribí que tradicionalmente los gitanos terminan la Noche Buena desfilando ruidosamente por las calles, mientras los payos descansan, hartos de comer y de beber. Y ya que en esto, por lo menos, los gitanos se asemejan con los pueblos del Norte europeo, imaginé que la razón era que los nómadas se identifican más con Cristo el hombre que con su Madre, porque Él, como me lo dijo un gitano viejo, era un errante como ellos, siempre por los caminos.
El relato fue publicado en un periódico regional, y dejé un ejemplar tirado en la mesa de mi escritorio, hasta que un amigo gitano lo vio e inmediatamente detectó un fallo en mi dibujo. Había representado a hombres y a mujeres bailando juntos en la plaza, mientras Paco me explicó que la juerga del día de la Navidad es sólo para mujeres.
De acuerdo con la tradición, después de pasar la velada del 24 de diciembre en familia, los hombres tienen el derecho sagrado de emborracharse en los bares. Las mujeres, como siempre, aguardan su regreso de madrugada, les quitan los zapatos y les echan a la cama, pero esta vez, muy excepcionalmente, se juntan, a continuación, para hacer su juerga propia. La pandilla va dirigida por las alegres comadres, blandiendo botellas de Anis del Mono y seguidas por un rebaño de mozuelas, recién salidas de la discoteca con sus seductoras minifaldas y plataformas.
Así van todas por las calles del pueblo, palmoteando y cantando por villancicos, con voces tan lacerantes que parecen rajar el aire fresco de la madrugada. Cualquier antropólogo que por casualidad desembarcara en nuestro pueblo ese día diría que se trataba de una tentativa cripto-feminista de rebelarse contra el machismo de los hombres gitanos, equivocándose, naturalmente.
Esperé, entonces, hasta esta Navidad para corregir mi propio fallo, y, una vez más, para invitarte a venir a Montefrío personalmente, donde, con un poco de suerte, podrás contemplar este espectáculo tan gracioso, que se observa mejor que en cualquier otro sitio desde las ventanas de la casa de nuestro barrio gitano, que restauré hace 10 años, pero que, recientemente transferí a una joven bailaora, Pippy, y que bajo su gestión sigue siendo una casa de "turismo rural".
Mil años de supervivencia europea no han podido asimilar la antiquísima cultura de los gitanos, pero antes de lamentarlo, como lo hacen ritualmente mis vecinos, pienso que nosotros que amamos la libertad y la vida debemos levantar nuestras copas de cava al aire, gritando en voz alta y clara, para que llegue a los oídos de todos aquellos que tan injustamente los desprecian, ¡Feliz milenio nuevo para los gitanos, y las gitanas también!
xx