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El pan de La Sierra
El autor de El Inmoralista tuvo una definición del egoísmo que me encanta: "Un egoísta es aquel que no piensa... EN MI". Todas las mujeres en mi vida, comenzando con aquella que me la dio, me han acusado de ser egoísta, justamente porque no hacía lo que ELLAS querían, y yo siempre me defendía insistiendo que no lo era. Pero ya no; medio siglo de intimidad forzada conmigo mismo me ha enseñado que soy egoísta, y no lo negaré nunca más. De acuerdo con la definición gideana, pienso primero... EN MI, o sea, no en el mí del otro sin el mío propio, y después, cuando tengo lo que me hace falta para ser feliz, pienso en los demás.
Sin embargo, pido que aquellos (y aquellas) que me juzgan moralmente reconozcan un factor atenuante, pues me considero ser un egoísta sensible. Lo digo porque padezco pasajeras crisis de altruismo, como la Madre Teresa debe sufrir (pienso) ataques de egoísmo, por ejemplo comiéndose un chocolate ella solita sin repartirlo con nadie, alguna vez. No obstante, confieso que el 99,03% del tiempo me lo paso pensando en como satisfacer mis diversas necesidades corporales y, a la vez, mantener lejos a mi fantasma más temido, el aburrimiento. Sé que hay 5 billones más que sufren por allí, pero los dejo para después.
Cuando el verano pasado hice mi campaña solitaria contra el alcalde de Montefrío, la aprobación general me llevó impulsivamente a declarar mi propia candidatura: confieso que la idea de ser el alcalde inglés de un pueblo andaluz, elegido al 100% por andaluces puesto que aquí soy el único forastero, me causó cierta euforia. Me imaginé el libro que escribiría después sobre la original experiencia, con el título Mister Alcalde. Pero al terminar los terribles calores del verano comprendí que eso, como me dijo un día una hermosa serrana cuando le presenté mi candidatura... sentimental, era sencillamente "imposible".
En cuanto a mi buena imagen electoral, solo tuve una preocupación. Desde el punto de vista de la moralidad, no tenía nada que esconder a los vecinos de Montefrío puesto que ellos están ya hartos de comentar los avatares de mi vida amorosa, Dios lo sabe. Estoy, además, políticamente limpio: de haberme presentado a las elecciones municipales del 1995, hubiese sido la primerísima vez en mi vida que echara un voto para quien sea (en este caso, para mí mismo).
No, mi preocupación era por disimular, en la medida de lo posible, mi simpatía para nuestros gitanos. Aquí soy el amigo abierto de señoritos y mendigos, pero una asociación política con nuestros electores calés me hubiera tachado de demagogo: podría ganarme una buena parte de ese 10% de los votos, pero me perdería muchos más del otro lado. Así me lo comentó un amigo mío: "Lorenzo, hay una cosa que no me gusta de ti para ser alcalde, y es que te gustan mucho los gitanos". Tiene este hombre para mí una gran virtud, la de no ser hipócrita, en nada.
En todo caso, ya no queda ninguna razón para disimular públicamente el hecho de que me gustan. Los aprecio por su fuerza espiritual, su solidaridad de unos con otros, su gracia, y su increíble historia, y, sobre todo porque conservan muchas de las bellas cosas de esa vieja España que me hizo venir aquí hace 35 años, comenzando por la música. Me gustan los gitanos, y cuando me gusta alguien que tiene menos ventajas que yo, lo expreso ayudándole. El resultado es que debido a dos gestos míos los gitanos de Montefrío me ven como un amigo, que es decir mucho.
No hablaré aquí de los hermanos cantaores Melchor y José que vendían caballos en aquellos tiempos de antes, ni de su padre Guillermo - que yo llamaba el rey de los gitanos - y cuya foto plastificada, con sus anchos bigotes y sombrero negro, está atornillada a un nicho del corral de los callados, como llaman el cementerio amargamente, cerca de mi cortijo. Voy a hablar de dos gitanos montefrieños que, hoy día, representan quizás al más afortunado y a la más desdichada de todos ellos, y que ambos han tenido el rarísimo privilegio de saborear la dulzura de mi filantropía fugaz. Los conocemos como Franci, y La Sierra.
La ayuda que le proporcioné a Franci (bueno, se escribe Francis pero aquí todos hablamos sin el consonante final) era el típico caso de enséñale a un hombre a pescar y..., aunque sé que el chico hubiera terminado realizando su destino también sin mi apoyo, pues es un auténtico artista. Lo vi por primera vez pulsando tímidamente las cuerdas de una guitarra en una calle del Coro, nuestro barrio calé: un adolescente de cabellos largos y moreno de verde luna, con los ojos soñadores y un no-sé-que de músico.
Poco después lo observé en el curso de guitarra que organizó nuestra desaparecida Peña Flamenca. Cuando las clases cesaron bruscamente debido a algún problema financiero con el profesor, me dio mucha pena por el gitanito, pues se había dedicado mucho a ellas. Se lo comenté a mi padre durante una de sus visitas, añadiendo que con unos pocos dólares podríamos mandarlo una vez por semana a Granada a la casa del mismo profesor que antes venía a Montefrío. Sería como una beca de estudios informal.
Emocionados por nuestro gesto, los socios de la Peña le compraron una guitarra fabricada por un artesano granadino y le pagaron, cada semana, el dinero del autocar. Hoy, 10 años después, Franci es un digno señor que se pasa 9 meses al año con un cuadro flamenco en Mallorca, trabajando en los hoteles y los cabarets. Su madre, Custodia, se siente muy orgullosa de él, y a mí, como él que le echó la primera mano decisiva, me considera un miembro honorífico de su numerosa y muy cariñosa familia. Los gitanos tienen el recuerdo largo; si no, ¿cómo sabrían que pasaron por la tierra de los faraones hace más de 500 años, hasta el punto de llamarse egiptanos?
De verdad, los que prosperan en este mundo son aquellos que tienen algo que los demás quieren: si el flamenco no estuviera tan de moda, Franci estaría aún en la miseria, como yo también perdería mucho si todos los seres humanos hablaran inglés. El caso de La Sierra, pues, es el revés de la medalla; no tiene nada, o mejor dicho, ya no tiene nada, que nadie quiera. Pero a pesar de su extrema fealdad física y pobreza económica, es una persona alegre, limpia y cordial; me saluda con una gran sonrisa y nunca pide nada, directamente. Cada vez que la veo, acompañada de sus cinco hijos de padres diversos y desconocidos, pues aunque nunca se casó es una madre ejemplar, me da vergüenza quejarme tanto por la durísima vida que llevo de traductor autónomo, con una hija a mi cargo. Nunca le pregunté de donde salieron tantos niños, porque sé que la ley de los gitanos a este respecto es cruel: cuando una muchacha no llega virgen a las manos de su marido, su comunidad la rechaza y se queda para todos. Pero no sé, ni quiero saber, que habrá sido de su vida de joven; solo sé que hoy La Sierra ejerce una mendicidad discreta pero dinámica, caminando constantemente por las calles del pueblo en busca de algo para "dar a los niños", como ella misma te lo dice. Es muy conocida por todas las buenas señoras de Montefrío, y me imagino que le darán cosas que les sobran, exactamente como lo he hecho yo desde que la conozco.
Pero hace algo más de un año nuestras relaciones se consolidaron. Por mi parte, el trabajo iba mejor y me encontré en ese estado de desahogo material que es necesario para que mi espíritu se desprenda del fango egoísta en el cual casi siempre se encuentra imerso. Fue así que un día lluvioso de noviembre quela encontré por la Plaza con una desesperación en la mirada y en la voz que no mentían: las cosas, que nunca habían ido bien, iban mal de verdad. Decidí en ese momento destinarle una pequeña pero constante ayuda, en la forma de una barra de pan por día. Me arreglé con nuestros simpáticos panaderos, que le apuntan los panes que se lleva a cuenta mía, máximo uno (de medio kilo) por día, y me los cobran a finales del mes.
El saber que finalmente hay una mujer que no me considera egoísta me proporciona una indiscutible satisfacción, y a muy bajo precio (el 1% de mi rendimiento bruto, más o menos). Pero sé que un pan por día no es mucho para una madre de cinco niños. xxxImaginando que un gobierno con vocación social como el nuestro daría también su apoyo, y conociendo la gran cantidad de personas que cobran estando mucho mejor que La Sierra, me dirigí a nuestra oficina de Asistencia Social. En una salita encontré a dos mujeres jovenes intentando compartir un solo ordenador, y que me escucharon con asombro. Insistieron en que le habían ayudado en varias ocasiones pero que ella era culpable de haberles mentido sobre no sé que, y que en todo caso el presupuesto anual se había terminado (era el mes de marzo). Conociendo el mal estado de nuestro tesoro municipal, no pude echarles la culpa. Dije que si ellas no podían comprarle a La Sierra una hornilla de butano la compraría yo, y ante su silencio atónito, salí y la compré. En invierno me encanta asar la carne y las sardinas a la brasa de leña, pero una ciudadana europea, como también lo es La Sierra, no debe tener que utilizar ese método prehistórico cada vez que quiere comer.
Sería natural si María de La Sierra se preguntara alguna vez por qué este hombre que no es cura ni candidato a las elecciones (pues tuve la idea del pan antes de meter mi pata en la política) le muestra tantas bondades, por lo menos en comparación con los otros miembros del sexo masculino que habrá conocido; y que también se le ocurra que este caudal de caridad podría quizás aumentarse. Cuando le di la hornilla le dije, imprudentemente, "La próxima vez que te frías un huevo, piensa en mí", y sin parpadear me respondió, con toda la gracia de su pueblo, "¡Pero mire usté, si no tengo ni un huevo pá freír!". Le expliqué muy seriamente que yo había proporcionado la hornilla, y que ahora le tocaba a ella buscarse el huevo, y lo aceptó de buena gana.
No, La Sierra no me puede liar; soy un ingenuo en muchas cosas, pero no me engaña nadie con los falsos sentimientos, ni paya ni gitana. Pero un día me dijo algo que me dejó totalmente desarmado, y justamente porque lo dijo sin imaginar el efecto que podría causar. Estuve descargando de la baca de mi coche unas camas que había comprado a precio muy reducido en Granada, para amueblar la casita del Coro que alquilo a los turistas rurales, en los fines de semana. La Sierra estaba allí cerca. Mandó a su hijo mayor a echarme una mano y me preguntó por el precio de las camas, que le pareció muy barato, y dijo que si yo pudiera traerle una "de matrimonio" me la pagaría después. Viendo la trampa, le dije en tono burlón, "Sierra, tú para que quieres una cama de matrimonio si no tienes marido?". "Ya sé que no tengo marío", me dijo ella cándidamente, y con un buen humor medio revuelto de pena, "pero a los niños más chicos les gusta dormir junto conmigo". Para que tal expresión de amor maternal no me hiciera saltar las lágrimas, y al día siguiente regalarle a La Sierra su cama de matrimonio, hubiese tenido que ser un egoísta muy insensible.
xx