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Ultima parada, Montefrío

 

 

        La gente suele preguntar como llegué a vivir en un pueblo donde soy el único extranjero entre unos 5.000 andaluces, y por lo tanto alejado del sofisticado ambiente internacional de Marbella y Almuñecar. Respondo que las pocas veces que me aburro, me voy a Graná, donde me harto de hablar con japoneses, holandeses, budistas, turistas, hippies, e incluso con otros ingleses en exilio cultural como yo. Almuerzo en un restaurante islámico del Albaicín, admiro las bellas granadinas y después vuelvo contento a mis olivos, a mi vista de la Sierra de Parapanda y las visitas del cabrero que pasa dos veces por día (cuando viene del pueblo, y cuando vuelve). Cuando llueve, el carril que va a mi casa se parece a una película de la guerra del Vietnam, pero tengo un todo terreno soviético que es capaz de subir hasta por los olivos y, además, dos líneas telefónicas, una para voz y otra para fax. Hace poco me conecté al Internet también, de forma que no estoy tan aislado del "mundo" como se podría pensar.

        Pero cuando conocí el pueblo, hace ya 35 años, las cosas eran muy distintas. El Montefrío de entonces era como un pueblo maghrebí de hoy: mujeres de negro, invisibilidad casi total de chicas en edad de casar, niños delgados con pantalones cortos y ojos grandes, mulos, manadas de cabras, polvo, un par de coches y un decrépito autocar que iba y venia una vez por día a la capitá, coma única señal de que existía otra cosa en el mundo que no fuese Montefrío. Ni siquiera tenían la tele, por inimaginable que esto pueda parecer hoy en día: cuando hace poco un amigo mío profesor se lo explicó a sus alumnos mediatizados, con sus camisetas psicodélicas y zapatos de astronauta, uno le preguntó estupefacto, "¿Cómo vivíais?".

        Pero sí había flamenco. A los pocos días de llegar a Madrid de Nueva York, a principios del verano, escuché, en la Residencia de Estudiantes, una conferencia sobre el cante; le pregunté después al joven orador dónde podría escuchar flamenco en su entorno natural y no en cabaré. Me habló de un cantaor que era el carnicero de su pueblo en Andalucía y quedé en hacerle una visita ese mismo mes de agosto.

        A la larga, Montefrío se mostró ser de lejos lo más importante de aquel verano para mí, pero cuando lo estaba viviendo todo, mi descubrimiento del pueblo no era más que una revelación fascinante entre media docena de otras. Tenía yo 18 años, pinta de poeta y, digamos, un más bien elevado concepto de mi propia persona con relación a los demás seres humanos, que hasta la fecha sólo se ha confirmado parcialmente, y ya tengo 53 años. C'était la jeunesse!

        Para mí, el verano del 1960 no comenzó en Montefrío sino en Pamplona, con el recuerdo de mi lectura de El Sol También Se Levanta bien palpitante en la memoria. Fuimos de Madrid, en una Lambretta con sidecar, un sueco, un manchego (éste último era el dueño del vehículo) y yo. Echamos nuestros sacos de dormir en una alameda a unos kilómetros de la ciudad, llenamos las botas de vino (a 6 pesetas el litro) en las bodegas y fuimos bailando por las calles cada uno con un pañuelo rojo atado al cuello. Conocimos a un heroico autostopista/existencialista francés que se lanzó a torear en medio del encierro, utilizando su cazadora como capote. Cuando le soltaron de la cárcel, ya terminados los San Fermines, me junté con mi nuevo y fascinante amigo galo, aficionado a la literatura y a la aventura como yo, para seguir el camino de las ferias taurinas.

        Debido a que Yves viajaba con poco dinero (era profesor en París y tenía un sueldo muy reducido), nuestro periplo se realizó enteramente por autostop, que a pesar de no resultar mucho más barato, en términos reales, que el tren, estaba muy de moda entre los jóvenes de nuestra especie. Te sentías orgulloso de cada kilómetro viajado así; no rendirte y tomar el tren era casi una cuestión de pundonor. En aquellos tiempos había muy poco tráfico en las carreteras españolas, de manera que la idea de abandonarlo todo y pagar se me occurió en más de una ocasión, pero mi amigo, que había hecho autostop hasta en Yugoslavia, tenía sus principios y no lo permitía. Lo mismo pasó con la comida: con restaurantes baratísimos en todas partes, teníamos que vivir de latas de sardinas con pan y tomate, porque comer en restaurante era bourgeois. Pero a pesar de la relativa austeridad impuesta por mi amigo, fue un viaje muy hermoso.

        En Valencia pudimos seguir el ascenso del prodigio de Pamplona, el juvenil Paco Camino, e incluso lo vimos ascender en el sentido real del término. Fue uno de los momentos más inolvidables de mis años de afición. Camino brindaba su montera al Tendido de Sol (donde, naturalmente, estábamos, con nuestras botas de vino), cuando el toro, que se encontraba inmóvil al otro lado de la plaza, inesperadamente comenzó a atravesar la arena, como una silenciosa locomotora. Camino no se enteró de que los gritos histéricos de los aficionados no eran de adulación sino de advertencia, y continuó sonriendo y brindando su sombrerito, hasta que los anchos cuernos le rodeaban perfectamente la cintura. Lo vimos subir en el aire dando volteretas, exactamente como un muñeco de trapo, con la sonrisa aún en los labios. Camino era elegante incluso cuando el toro le tiraba. Y en pocas semanas se había recuperado de sus hematomas y mataba de nuevo, elegantemente.

        Tardamos tres días en viajar de Valencia a Málaga, ya que pocos automobilistas estaban dispuestos a embarcar a dos gigantes cargados de mochilas en sus minúsculos SEAT 600's. Pasamos por el Peñón de Ifach con su costa de casitas humildes y blancas, y por el pueblito de Benidorm, que se me parecía a alguna isla griega naufragada a la orilla del brillante mar. Al atardecer del primer día estábamos en Huercal Overa, donde las calzadas estaban tan limpias que echamos nuestros sacos de dormir en una de ellas, hasta que una pareja de Guardias Civiles nos invitó a dormir en la cárcel, que igual estaba de limpia y vacía. A la tarde del segundo día nos encontrábamos en los campos de caña de azúcar delante de Salobreña. Aquel pueblo era como una ciudadela de Las Mil y Una Noches; cuando, al pasar varias horas esperando, se hizo claro que ese día ya no íbamos a adelantar más, decidimos dormir allí y continuar al día siguiente. No había nadie en el pueblo salvo los habitantes, en unas calles que parecían haber sido esculpidas en nieve, radiantes de luz marina. Nuestro encantamiento fue tan grande que tuvimos que tocar los encalados muros y escaleras y fuentes para ver si lo que veíamos no era el producto de un espejismo. Y el todo coronado por un castillo moro, chato y ancho como un gran trozo de azúcar moreno semi-derretido por el sol. El dueño de la única pensión nos aseguró que allí había dormido Cervantes, pero más impresionante aún era la vieja de negro que permanecía sentada en el patio. No se movía ni hablaba durante horas, pero cuando, a la hora de comer, nos vio dirigirnos a la habitación llevando nuestras latas de sardinas, tomates y pan, así evitando el fúnebre (y para Yves, burgués) comedor, levantó la cabeza encapuchada y emitió un trémulo y lancinante llanto, que no iba dirigido a nadie sino, quizás, a Dios para decirle que los bárbaros del norte comían pan y sardinas como cualquier cristiano: "¡Van a CO-MER. VAN A CO-MER!".

        En aquellos tiempos la fiesta brava estaba muy de moda entre los artistas e intelectuales, en gran parte gracias a los escritos de Hemingway, y Torremolinos era un lugar altamente chic, donde solo iban los happy few (fue antes de la época de los happy hours). El último verano español de Hemingway fue el anterior que bautizara The Dangerous Summer, pero, extrañamente, había un falso Hemingway, un excéntrico millonario americano que visto desde unos 20 metros de distancia se le parecía, más por peliblanco,barrigudo y barbudo que por otra cosa, y esto era lo suficiente para que, en la ausencia de the real thing, todos los periodistas provinciales escribiesen constantemente de él. Este personaje tenía un extraño pasatiempo: se dedicaba a examinar los archivos de todas las capitales del mundo en busca de nombres insólitos. Por ejemplo, me dijo que había descubierto, en el Catastro Civil de Caracas, que un ciudadano bautizara a su hijo con el nombre de... ¡Jesus Lenin! También no podía faltar la americana rica y consentida que seguía a los toreros más que a los toros propiamente dicho. La nuestra se llamaba Virginia e iba con su coche de una feria a la otra, aunque se negó a llevarnos de Valencia a Málaga, sin duda porque no éramos toreros...

        Confieso que el falso Hemingway me dejaba totalmente indiferente, que la toreromaníaca Virginia me parecía fútil y vulgar, y que el propio Orson Welles, que más tarde reconocí por el genio del cine que fue, sólo me interesó porque Yves le miró, el día que su ancho bulto se acercó a la mesa que compartíamos con Hemingway en una calle valenciana, como si fuera una leyenda viva. Tristemente, Welles siempre fue más apreciado en Europa que en su tierra natal, y yo venía de América. Mi descubrimiento de Ciudadano Kane y La Dama de Shanghai era para más tarde, en los cinecillos del Barrio Latino.

        No; el gran personaje de aquel verano para mí fue un francés, cuya original figura conocía ya muy bien por mi madre pintora: Jean Cocteau, sólo tres años antes de su muerte. Estuvo hospedado en Torremolinos donde, unos días después de nuestro encuentro, un Guardia Civil le sorprendió detrás de un barco pesquero haciendo algo con un joven pescador, y se tuvo que pasar un rato en la cárcel hasta que las autoridades francesas intervinieran en favor de su grand homme. Lo vimos en el salón del gran hotel malagueño donde paraban los toreros, el Hotel Miramar, elegantísimo en su traje azul oscuro, su camisa y corbata perfectas y naturales, y su pelo rizado como un halo gris enmarcando el rostro de duendecillo travieso. Yves tuvo con él una animada conversación, pero, lamentablemente, yo aún no hablaba bastante francés y tuve que contentarme con escuchar la traducción que me hizo mi compañero a nuestro idioma común, el español. Cuando supo que estábamos durmiendo en las ruinas del castillo, Cocteau se puso muy agitado y declaró que le aburrían horriblemente los hoteles y que le hubiera encantado pasar la noche allí en el Gibralfaro con nosotros à la belle étoile. Nos sacaron una hermosa foto en grupo, Cocteau con Yves de un lado y yo del otro, el falso Hemingway, la vanidosa Virginia con su pintilla de Elizabeth Taylor y un muy serio torero estadounidense cuyo nombre olvido. Cuando el fotógrafo disparó su flash, Cocteau saltó en el aire y gritó alegremente "Jack in the box!". Le pedí que dedicara unas líneas a mi madre en el papel del hotel, que pudiera ofrecerle como regalo de cumpleaños al mes siguiente, e hizo un gracioso dibujo de una de sus famosas cabezas de fauna, rodeada de su escritura suelta y fantasiosa, que también era un dibujo.

        Quedaban algunas semanas antes de comenzar la feria de Bilbao, con toda España en medio. La conyuntura de factores, como la viva moneda de Lorca, nunca se volvería a repetir: mucha juventud y sed de aventura, y tiempo y dinero suficiente para vagabundear a voluntad, en un país que aún recordaba los tiempos de Goya y el mundo poético del Romancero Gitano, donde aún quedaba tanto por descubrir como si fuera por primera vez (y a veces lo era!). La España de entonces no era sólo un viaje por el espacio, sino por el tiempo también.

        De mi primera visita de la Alhambra lamento decir que no recuerdo nada, puesto que la he visitado tantas veces desde entonces. Desde Granada, nos dirigimos al pueblo indicado por mi amigo Pepe Avila. Debido a la casi total ausencia de tráfico fuera de las carreteras principales, viajamos por tren hasta El Tocón en la Vega de Granada, al pie de los montes, donde esperaba un autobús que nos llevó, con un grupito de arrugados hombres vestidos de gris y arrugadas mujeres vestidas, casi todas, de negro, hasta el pueblo.

        El que llega por ese camino tiene la vista más sorprendente de todas. El pueblo estando en una cuenca hundida entre las colinas, pero con su iglesia-castillo alzada en un alto peñón, lo primero que se divisa es, curiosamente, la torre de ésta, hasta que, ya algunas vertiginosas curvas más cerca, la magnífica construcción emerge triunfal, como - lo escribí en algún poema ya perdido - una carabela de barro cocido navegando sola en un mar de ondulantes olivares. Poco a poco se va desvelando, al pie del tajo, el pueblo de casitas blancas, brillando entre dos colinas pardas como un collar de perlas...

        Recuerdo perfectamente el anciano que vino a buscarnos en la parada del autobús, delante de la gran iglesia redonda. Se llamaba Tío Paco y se me parecía a uno de los personajes de la película Bienvenido Mister Marshall: boina, chaleco, alegre sonrisa casi sin dientes y el resto de un Celtas cogido entre los labios. Me acuerdo cómo mujeres y niños se juntaban en la calle para vernos, al punto que Tío Paco tuvo que ir abriendo camino, pues no habían visto nunca a un extranjero. Nos condujo inmediatamente a donde nos esperaban los flamencos, que en ese entonces eran el genial carnicero Manolo Avila, Cristóbal Moya el panaero (iba por los cortijos con un mulo entregando el pan), los dos hermanos gitanos Melchor y José y el peluquero Rafael que tocaba la guitarra. Los encontramos a una mesa del Casino, repleta de copas de vino (sólo las mujeres tomaban cerveza entonces) y platos de pipirranas y mollejas, un su abundante salsa de aceite y ajo. Cuatro o cinco horas más tarde nos llevaron borrachos de vino, calor y euforia a la casa de Pepe, que él había mandado poner a nuestra disposición, donde nos dormimos delante de un ruidoso ventilador. Al día siguiente nos habíamos marchado, pero una semilla de olivo se había plantado en mi corazón.

 

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