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Cuando la traducción es tradición
No, lector, no se trata de un error tipográfico: puse tradición y no traición, aunque a los traductores se nos acusa a menudo de ser culpables de ese pecado. "Tradición" porque, a diferencia de aquellos mis colegas que han sentido una auténtica vocación por esa forma de ganarse la vida, en mi caso, la traducción ha sido un acto fatídico, más bien achacable a mis circunstancias que a mi voluntad: como veréis, se trata casi de una tradición de familia. Como de tantas otras cosas, no tengo culpa por ser traductor, la tiene la vida.
En mi pueblo de adopción soy conocido como el inglé, pero suelo decir que de verdadero inglés sólo tengo el idioma y el pasaporte. Habiendo sólo vivido en mi país natal los primeros cuatro años de mi vida, me identifico poco con los "bebedores de agua caliente", como una amiga mía francesa, que sólo bebe vino y café, les llama a los nativos de Albión. No tomo el té fuerte y no me gusta con leche; lo tomo "natural y flojillo", como los continentales. Ni siquiera mi apellido es inglés - es alemán y significa "bohemio". Algún antepasado medieval mío habrá emigrado desde el antiguo estado de la Bohemia (región de Praga) hacia el norte, pues a estos hombres se les llamaba en Alemania Böhmen, o bohemios. Pero antes de todo, me considero europeo e internacional.
Mi padre, Augusto Eduardo Böhme (después quitó los dos puntitos del apellido para que no quedara tan germánico) trabajaba en la década de los 30 en una empresa de explosivos de Berlín. Tuvo que abandonar el país unos años antes de comenzar la guerra, por razones que explicaré a los lectores de mi sitio electrónico en otra ocasión. Consiguió, superando muchos peligros, refugiarse en Inglaterra. Al pasear un día por Oxford Street, y preguntándose, según cuenta él, como iba a pagar su próximo paquete de "fish and chips", tropezó con el que fue director de su empresa de Berlín, que también había logrado escapar de la tempestad que se acercaba. Herr Bregman abrazó a su antiguo ayudante como si fuera un hijo perdido, y le contrató allí mismo en la calle como traductor del Ministerio de Guerra, para ayudar al ingeniero judío a pasar la fórmula de un nuevo tipo de dinamita a los ingleses. Fue el famoso RDX, que se utilizó, después, contra las fortificaciones "indestructibles" alemanas en Normandía.
Le dieron a mi padre su propia oficina y una bonita secretaria de 19 años. Margaret era una inglesa representativa de aquellos años aventureros, con una falda pequeñita y una debilidad desmedida por los extranjeros galantes y misteriosos, como lo era mi padre, y como todavía lo es, con sus 82 años. ¡Sin entrar en más detalles, comprenderéis que no exagero mucho cuando digo que nací en una oficina de traducción!
Terminada la guerra, y estando la situación en Inglaterra estrecha, emigramos hacía el Canadá, parte anglófona. Pasé los primeros doce años de mi vida en estado crónico de monolinguïsmo, como la inmensa mayoría de los mortales. Era una especie de virginidad verbal, pero que, como la otra, no duró mucho. Mi primer idioma extranjero fue el español, que aprendí cuando mi madre, ya metamorfoseada en pintora de cuadros abstractos y fulgurante feminista, se liberó de mi desconsolado padre y se marchó a vivir en una colonia de artistas en Méjico. Y para saltar varias páginas de nuestra agitada autobiografía, la vida de nómada que llevamos desde entonces hizo que, cinco años más tarde, viviera en Nueva York, que es dónde realicé, a la edad de 17 años, mi primer trabajo no de traductor sino... ¡de intérprete de conferencia!
Bueno, intérprete sin cabina y sin ánimo de lucro ¡pero para un orador de qué envergadura! Sucede que en aquel año de 1959 inició en Nueva York una gira relámpago por los Estados Unidos el vencedor de la Revolución Cubana, Fidel Castro. Muchos lo ignoran, pero antes de ganar su guerra, Fidel no era comunista. Su primer acto fue intentar conseguir la ayuda de sus vecinos yanquis para reconstruir su país, pero como le fue trágicamente negada, tuvo que buscarla en otro lugar mucho más lejano. En el Central Park de Nueva York, el nuevo líder del pueblo cubano se presentó delante de miles de americanos, la mayoría de habla española. Era una figura hermosa y cubierta de gloria, y de bastante sangre también, y yo no me lo quería perder.
Fidel habló en español, y habiendo alrededor de mí una fuerte necesidad de traducción, terminé sentado en la rama de un árbol intentando interpretar las palabras del Libertador para un muy serio grupo de "intelectuales del Greenwich Village" (que era mi barrio también). Las únicas palabras suyas que recuerdo eran estas: "¡aunque hablamos idiomas distintos tenemos los mismos sentimientos!", pero de nada le sirvieron. Curiosamente, aquella noche se reveló más histórica para mí que para Fidel.
Pero antes de lanzarme a ser traductor "de verdad", pasaron más de 20 años, durante los cuales ejercí otras profesiones de tipo totalmente distinto. Casi por osmósis, aprendí algunos idiomas más, entre ellos el portugués brasileño (carioca, para ser exacto). Un terrible invierno en París, terrible, en términos relativos, como lo fue aquel tiempo de Londres para mi padre, una persona que había trabajado en una Gran Organización Internacional (que aquí llamaré de la "GOI") me dijo, "¡Ah, tú que sabes tantos idiomas, debes ir a pedirles alguna traducción!".
Fuí, porque siempre sigo los consejos de los que me conocen y me quieren. En la planta 8 del gran edificio de la "GOI" me encontré con la encargada del asunto, una inglesa de unos 60 años que se me parecía mucho a la temible dama de hierro que en ese momento dirigía el destino de mi país natal. Leyó mi formulario debidamente rellenado con desprecio. "¿Francés? Estamos saturados de traductores de francés. Y de español tampoco nos faltan. Vuelva usted dentro de seis meses para hacer la prueba anual escrita, si quiere...". Iba saliendo cabizbajo por la puerta, sabiendo que no lo haría pues nunca he lucido en ningun tipo de examenes ni concurso, cuando esta dijo, como acordándose, "Portugués...".
El único traductor que conociá el portugués estaba resfriado, y justamente había un texto urgente que venía de Brasil... Me fuí con un sobre impreso con la sigla de la casa por debajo de mi brazo, caminando sobre las nubes. La tarifa que me iban a pagar por página me parecía enorme, y antes de volver a mi habitación me paré en la Rue Monge para comprar una máquina de escribir usada para poder presentar el trabajo correctamente.
Pero cuando me senté en la cama de mi hotel, eché un vistazo a las 30 págines que me habían dado y mi euforia desvaneció. El texto era una propuesta para la creación de un centro informático en el nordeste de Brasil, escrito en un tipo de portugues que yo desconcía totalmente. Fue el año 1983 y pocos habíamos ni siquiera visto un ordenador, sin hablar de saber como funcionaban. Yo no sabía lo que significaban los términos hardware, software ni monitor, por ejemplo. Y aparte de la terminología, el estilo del escrito en sí era pesado, redundante y burocrático, lo que en España llamamos macarrónico, desbordando de objectivos, marcos, programas y niveles cualitativos de esto y del otro. Comprendí que el portugues que había aprendido en las calles y escuelas de samba de Rio de Janeiro no me iba a servir de casi nada, y comenzé a pensar, desesperadamente, que no tenía más remedio que continuar dando las detestadas clases de inglés, ad infinitum. Entonces tuve uno de esos golpe de suerte de última hora que a lo largo de mi vida me han salvado del desastre.
Durante algunas semanas venía observando un pequeño hombre con unos bigotes al estilo de Groucho Marx y el cuello siempre enterrado dentro de un gran abrigo negro, que parecía exagerado para el tiempo de otoño más bien templado que hacía. Al día siguiente de mi visita a la BIO, lo cruzé en la escalera, conversando con unas turistas brasileñas, y escuchándole hablar comprendí que el también era brasileño. Cuando se metió en su puerta, como un ratón solitario se esconde en una ratonera, me fijé en el número y subí para buscar mi documento, para ver si podía ayudarme.
Sabía, de experiencia propia, que cuando los brasileños están lejos de su adorado Brasil y encuentran una persona que sabe hablar su idioma y puede aliviar su saudades, se vuelven locos de alegría, pero la reacción de este señor rebasó todas mis expectativas. Cuando supo que yo era, virtualmente, un brasileño (poco importa si también era inglés) y vivía en el mismo hotel, no pudo contener su satisfacción: me invitó a entrar, a ponerme cómodo, me preparó un cafezinho...
En pocos minutos Galvão me había contado que era profesor de estadística de la Universidad de São Paulo, que le habían mandado a Francia para un curso de especialización, que no hablaba francés, detestaba estar lejos de Brasil, no soportaba la comida francesa y... que sabía manejar un ordenador y estaría encantado de pasar 5 o 6 noches ayudándome con mi traducción, sino más. Ya que no hablaba inglés, sólo podía explicar, en portugues, lo que el texto significaba - me tocaba a mí encontrar las palabras inglesas que pudiesen expresarlo, dentro de mi vocabulario natural. La idea de buscarme un diccionário bilingue técnico no se me ocurrió, pues habiéndome transformado en traductor de forma totalmente espontánea, y teniendo una formación puramente humanística, yo ni siquiera sabía que tal cosa existía.
Pasemos muchas horas alrededor de una mesita de brasserie, decifrando mi texto como si fuera la Piedra de Rosetta. Hice lo posible para camuflar el hecho de que realmente se trataba de una desesperada improvisación, la entregué, y esperé una semana antes de volver a la oficina de Mrs. Kidd para ver si había más trabajo, imaginando que mi traducción ya había sido corregida por los revisores de la casa, que habían sin duda dado su veredicto. Encontré la Jefa de paso en uno de los largos, sinuosos corredores, que todavía tenían - y todavía tienen, quince años después - las mismas estanterías de aluminio que cuando se creó la organización después de la guerra. Paró, mirándome con una mezcla de desprecio y compasión, y dijo, "Ah sí. Su inglés es un poco raro", y se alejó apresada sin que yo pudiera decir nada.
Volví a mi habitación con las manos vacias, y deprimido - sabía que ella tenía toda la razón, que mi traducción era una chapuza. El estilo no era ni el inglés limpio y erudito que se utiliza en las organizaciones internacionales, ni tampoco el lenguaje claro y expresivo que a mí me gustaba personalmente. Mi traducción no era sino una tentativa infantil de reproducir las redundancias vacias de los burócratas brasileños, cuyo próposito principal era de impresionar el lector final con su familaridad con los problemas de la informática, puesto que el lector final - no del texto original, sino de la traducción inglesa - era él que iba a financiar la propuesta.
Pero mi angel de guardia intervino de nuevo, y unas semanas más tarde dijo, "No te desesperes - si tu traducción fuera tan mala, no te la habrían pagado. Vuelva para que se acuerden de tu existencia". Volví, ya que no tenía nada que perder... y cuando entré en la pequeña oficina tuve una de las sorpresas más agradables de mi vida. Había otra persona sentada a la mesa de Mrs. Kidd, que me informó que esa persona se había jubilado, sólo algunos diás después de mi último encuentro con ella. El nuevo Jeje del Servicio de Traducción Inglesa era un inglés de mi edad aproximadamente, una barba más o menos como la mía, y un aire de profesor despistado que me encantó.
Me confesó con su suave accento oxfordiano que no tenía ni la menor idea de como funcionaba el despacho, pero se acordó de haber visto mi nombre en alguna parte. Sabía que yo era uno del establo de traductores externos, y yo naturalmente no me molesté en desmentirlo, puesto que técnicamente hablando era verdad. Se dirigió a la canasta de textos para traducir y puso en mis manos el primero que encontró. Era en francés, bien escrito y sobre un tema que me resultó más reconocible que la informática: la conservación de un monumento histórico tailandés, muy deteriorado por la guerra, si me acuerdo correctamente. Terminé mi trabajo muy en adelante del plazo máximo de entrega y fue aprobado, exactamente como, a partir de aquella fecha, todas mis traducciones, de francés, español y portugués también, fueron recibidas sin una sóla crítica de importancia. Indudablemente, Mrs. Kidd me había tratado exactamente como le habían tratado a ella en aquellas terribles public schools donde los ingleses meten a sus niños. Pero ya que estaba terminando su carrera, podría haber relajado sus normas durante un momento para ayudarme a lanzar la mía.
Dentro de pocas semanas había dejado mi trabajo enseñando inglés a desabusados cuadros superiores franceses y me había hecho traductor "externo" de la GOI, trabajando en mi buhardilla del barrio latino con una novísima máquina de escribir eléctrica, que resonaba "igualito" a un zapateado flamenco. Me acuerdo que a medianoche, la estudiante americana que vivía en la habitación debajo de la mía se ponía a gritar por la ventana que quitara el ruido... ¡en inglés! Así es París.
Y todo acabó, diez años más tarde, ya con ordenador, fax, modem y otros cacharros, entre los olivares de Montefrío. Mi ermita y mi empresa se encuentran ambas en un cortijillo recubierto de tejas de barro y cuatro futurísticos paneles fotovoltáicos, quizás la primera oficina de traducción de todos los tiempos que funciona únicamente con la energía del sol. Aquí, en uno de los lugares más remotos de la Unión Europea, funciono como si estuviera dentro de las oficinas de la "GOI" y del Consejo de Europa, sólo que sin los coñazos. El teletrabajo me permite recibir 5 páginas en español de París o Bruselas después del desayuno, y cargar mi traducción inglesa en el disco duro del cliente antes de que se marche para almorzar a las 12.00, sin haberme ni siquiera quitado el pijama.
Pero me acordaba siempre de mis comienzos como intérprete simultáneo en el Central Park. Sabía que estaba destinado a ponerme los auriculares y ganarme el pan con el micro. Yo, que al contrario de tantos hombres públicos, hablaba bien en público pero nunca había merecido un público al cual dirigirme, por fin conseguiría que me escucharan, ¡y que pagaran para ello según las tarifas vigentes!
En la foto figura su sonriente servidor finalmente en cabina, aunque no se trata aún de un congreso sino del curso intensivo para intérpretes de conferencia de la Universidad de Cambridge. Siempre he huído las escuelas por ser un auto-didacta impenitente, pero delante de tamaño desafío decidí no echarme al mar sin primero aprender los rudimentos de la natación... El papel con el "12" que está pegado al cristal es porque los profesores repartían nuestros números antes de cada sesión, para ver quién iba a escuchar a quién. Basta con decir que al regresar a España fui reclutado inmediatamente para intepretar en la Expo de Sevilla, y desde entonces esa cuerda a más no ha cesado de fortalecer mi arco de cazador autónomo.
Releyendo lo que he escrito, se me ocurre que algunos podrían sacar una imagen utópica de mi vida de traductor. No es nada así: me paso la mitad del tiempo trabajando para cumplir plazos y la otra mitad observando las nubes pasar por encima de la Sierra de Parapanda y esperando que salga algún trabajo nuevo del fax. Las traductoras que se casan con hombres que tienen sueldos fijos suelen estar mejor, pero los traductores jefes de familia como yo vivimos en permanente estado de inseguridad económica.
Os daré un ejemplo elocuente de ello: hace algunos años, cuando la Unión Soviética comenzó a caer, hubo mucha inquietud entre los traductores europeos. Sabíamos que una de las pocas cosas que los rusos hacían bien era enseñar idiomas, incluso recurriendo a la hipnosis, técnica que utilizaban para formar espías que pasaban como nativos en cualquier país capitalista. Los ministerios de Moscú estaban repletos de traductores e intérpretes que pronto podrían emigrar; seguramente invadirían nuestro mercado libre, para competir duramente con nosotros. ¿Qué haríamos nosotros los decadentes, débiles occidentales, delante de tal amenaza de alto nivel? Pero cuando se produjo el colapso final, vimos que fue una falsa alarma. A los ciudadanos de la ex-Union Soviética, acostumbrados a que el estado se haga cargo de ellos, no les atrae nada la idea de trabajar por cuenta propia y sin sueldo fijo. Unos cuantos de los mejores consiguieron puestos en organizaciones estratégicas como la OTAN, y los demás se quedaron en sus lugares. Como todo en la vida, la libertad es una cosa relativa: todos la buscamos, pero algunos exigen más, y otros se conforman con menos.
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