Click here to go to the home page of Casas de Lorenzo in Montefrio, Granada, Andalucia. Villa and cottage rental, holiday homes in Andalucia, rural homes in  Granada Province, vacation homes in rural Andalusia

Visit Lorenzo's website relating his travels in France and richly illustrated with his own photographs.  The site includes Lorenzo's pen-and-ink postcards of Paris and Provence.  Click on   www.french-places.com 

 

 

Verano flamenco

        No le llamo a aquel verano como flamenco sólo porque se hacía música doquier - ya sea en un rincón de La Fonda, en la peluquería de nuestro único guitarrista, Rafael, o en la torre morisca que remataba el techo de la antigua casa dónde vivíamos - sino porque el espíritu del flamenco estaba presente en todas las cosas y personas. A veces se describe a una persona como flamenca para significar que es intensa, genuina, apasionada, y es así que utilizo la palabra aquí.

        Cada mañana Lilo bajaba a la calle para comprar leche del cabrero que pasaba con su rebaño - le entregabas tu cacerola y él te ordeñaba la cabra, mientras esperabas. Pero cuando habíamos estado toda la noche de juerga en nuestra torrecilla, nos levantábamos tarde y desayunábamos en el Café Español. Allí había una higuera que parecía estar siempre llena de las mismas deliciosas frutas maduras, pero que, según nos explicaron, se llaman brevas en Julio e higos en Septiembre. Mientras tomábamos nuestro café, el limpiabotas, un gitanito que llevaba el apodo descriptivo de Culebra, trepaba entre las ramas para cogernos unos higos frescos de la noche, de profundo color purpúrea, para acompañar a los churros. En aquellos tiempos, cuando pocas personas aún tenían nevera en casa, a ningún español le hubiera ocurrido coger un higo sino por la mañana.

        Algunas horas más tarde, las tabernas comenzaban a poner las tapas, perfumándose las calles de los olores irresistibles de calamares fritos y chorizo asado; los amigos se juntaban en La Fonda o en una de las muchas tabernas metidas en los callejones y escaleras del pueblo, a veces en lugares inimaginables. Y si no encontrabas la persona que buscabas, sólo tenías que consultar a María Platillo Volante. Le preguntabas por Alfonso y te decía sin parpadear que "Alfonso está en el Taurino", y si no sabía, se encargaba de informarle a Alfonso que le buscabas tan pronto como le localizara. Así, de una manera o de otra, te reunías con el amigo que buscabas en menos tiempo que hoy tardarías en emitir y recibir un mensaje por el Internet.

        María se ganaba la vida vendiendo cacahuetes. Con su vestido negro y sus zapatillas, circulaba por los bares llevando una ancha canasta colgada de un brazo, suministrando a los clientes con avellanas, como decían equivocadamente. Le dieron su extraño apodo (por el cual la conocen hasta hoy, aunque el origen del nombre ha sido generalmente olvidado) porque orbitaba constantemente por el pueblo, y en aquellos tiempos los OVNIs y sputniks estaban muy de moda en la prensa. María había sido la querida de un cortijero aprovechao que la dejó con cinco niños ilegítimos para casarse con otra. Vivía en condiciones miserables con sus hijos delgados y anémicos, en una sola habitación de la Calle de Marquesas, sustentándolos a todos con sus ventas de cacahuetes.

        Lilo simpatizó con ella inmediatamente, ya que María era, tal como Lilo, una señora con grandes cualidades espirituales, y eso se veía claramente en sus hermosos ojos. A veces le dábamos algunas horas de trabajo preparando nuestro almuerzo, y en mi mente la veo delante ahora mismo, sonriendo tristemente mientras menea su delicioso revuelto de berenjenas y patatas, encima del fuego de carbón.

        Algunos días me levantaba temprano para ir caminando al campo con Cristóbal, entregando el pan a los cortijos. El panaero vestía un chaleco y gorra de algodón gris y pantalones anchos de lona, y llevaba los serones del mulo cargados de panes de medio kilo. Por el camino cantaba los cantes que nos gustaban: la caña, que era el canto del carretero, y la serrana. Cuando llegaba la hora del "desayuno" (ellos sólo tomaban café o anís cuando se levantaban, y desayunaban de verdad hacia media mañana), nos sentábamos a la sombra de un almendro para compartir su canto de pan y aceite. Sacaba su larga navaja y cortaba un gran trozo del lado de un pan redondo. Acto seguido tallaba una cuña de masa del interior y rellenaba el hueco con un aceite espeso y verdoso que traía en una pequeña botella en su alforja. Reponía la cuña, y cuando todo estaba debidamente saturado, lo rompía en dos pedazos. Se acompañaba esta frugal pero deliciosa comida con un pepino, que mondábamos y segurábamos en una mano como si fuera un plátano, y con agua de su pipote de barro, que llenaba en una fuente cercana.

        Aunque les parecíamos muy raros - una alemana con pelo corte militar y un inglés con una melena que, para aquellos tiempos, era muy larga - nunca se les ocurría preguntar si estábamos casados. Veníamos de un mundo diferente, donde sus reglas no se aplicaban. Sólo sabían que estábamos en su pueblo - los primeros extranjeros que se habían visto allí jamás - y que nos gustaba y que volvíamos con frecuencia. Nos recibían cordialmente en todas las casas, desde la chabola más miserable hasta la hacienda de Don Curro, La Torre del Sol.

        Fue en la hacienda de Curro donde, justamente, me quemé al sol. Curro tenía la única piscina de Montefrío hasta hace unos quince años sólamente, pero la construyó no para él, pues nunca se ha bañado en ella o en ningun otro lugar público, siendo un hombre muy tradicional. No, la mandó construir para que pudiesen bañarse en ella las chicas inglesas y alemanas y suizas que él se procuraba en Torremolinos, donde su familia tenía, y aún tiene, una elegante casa de playa. Curro era nuestro Don Juan, y es interesante constatar que hoy en día yo y él somos los únicos solteros del pueblo, sin contar algunos que no tienen mujer porque ninguna quiso casarse con ellos.

        Una tarde estuve sentado al lado de su piscina, pues, leyendo el Quijote, y para protegerme del ardiente sol había cubierto mi espalda con una camisa, olvidándome de mis piernas, que colgaban dentro del agua. Resultado: me pasé los 15 días siguientes en un dolor atroz, con mis dos muslos espantosamente enrojecidos. Mi estado causó bastante asombro en el pueblo, donde nunca se había conocido un caso parecido - solo los cortijeros se exponían al sol, y ellos tenían la piel como un cuero bien curtido. Cuando el dolor llegó a su punto más enloqueciente, Lilo tuvo que llamar al practicante del pueblo, Don Juan, que en aquellos tiempos llevaba un bigotito negro, para ponerme a dormir con su jeringa.

        Pero el montefrieño con quien me apetecía estar siempre era Manolo, Manolo el artista - tal vez el único artista verdadero que jamás conocí. Era poeta en el sentido más fundamental del término, puesto que no era capaz de decir una sola palabra que no fuera poesía, aunque nunca escribiera un verso en su vida. Mientras íbamos caminando y conversando, Manolo cantaba. Le escuché cantar entre los olivos y dentro de las ruinas de la gran iglesia renacentista del tajo, cuando el agujero causado por el rayo del 1767 aún no se había reparado. Le escuché cantar entre las estalactitas de las cuevas prehistóricas de las Peñas de los Gitanos. Y le escuché cantar en el Cerro del Calvario, desde donde se ve todo el pueblo, y en donde le saqué una foto con los brazos levantados y la gran vena inchada de su frente, que parecía un rayo vengador que cae del cielo.

        En Septiembre se celebraba la feria de ganado, a la cual acudían millares de campesinos de toda la región, cada uno con su chaleco, sus botas y su callao, para la compra y venta de caballos, mulos y burros, que globalmente se llamaban bestias. Allí estaban mis amigos los dos hermanos gitanos, Melchor y José, elegantísimos en sus trajes y sombreros negros y sus chuletas, orgullosos de que les vieran con un inglé. Me subieron a pelo en una de sus yeguas que se asustó y salió corriendo por la pradera arriba. atravesando aquel mar de hombres y animales a una velocidad que posiblemente no era sino un trote, pero que a mi, que nunca habia montado sin silla ni estribos, me parecía un vertiginoso galope. Desesperadamente, pues no quería caer ni quedar en ridículo, me agarré a su melena hasta que uno de los feriantes le cogió la brida que volaba suelta.

        El padre de Melchor era un personaje grandioso, con largos bigotes, cuyo nombre era Guillermo y que me parecía ser el rey de los gitanos. Su autoridad era tanta que una vez, cuando estábamos reunidos en la plaza, Melchor - que tenía entonces unos 25 años y era padre de varios hijos - dijo algo que disgustó a su padre, pues su rostro normalmente compuesto, como le convenía a un rey, se transfiguró en una terrible expresión de desprecio e ira, y le dio bruscamente una torta a la cara. Fue todo cosa de segundos, como un relámpago, y me quedé boquiabierto al ver la reacción de Melchor: bajó la cabeza vergonzosamente y se quedó callado.

        Esta humildad delante del padre no ira sino la confirmación de su excesivo orgullo delante de los demás. Cuando Melchor admiró una corbata de lana color amarillo vivo que había comprado en Nueva York, y que ya no me gustaba tanto, pues íbamos siempre muy pinchos en aquellos tiempos, dije que se la regalaría. Cuando le encontré, unos días después, en la plaza entre un grupo de gitanos, la saqué del bolsillo de mi chaqueta para dársela, pero se puso muy serio y con un gesto discreto me mandó guardarla de nuevo. "Más tarde", susurró con su voz ronca, "cuando estemos solos".

        Con respecto a mi vida con Lilo, los problemas no habían aún comenzado, pero ya hubo una señal avanzada de lo que iba a venir, aunque estando enamorado preferí no interpretarla como tal. Mi amigo Anthony vino de Nueva York para pasar algunas semanas con nosotros, y una noche muy tarde, después de haber quedado un largo rato charlando él y yo en la cocina, dejando a Lilo arriba en el dormitorio, y sin darme cuenta de que ella se sentía excluída de nuestra conversación, decidimos dar una vuelta por el pueblo. Pero en el momento en que cerrábamos la puerta y pisamos las piedras de la calle, silenciosa y tan sólo iluminada por la luz de la luna, hubo una enorme explosión, llenando todo de tierra, tiestos de cerámica y pétalos de geranios. Cuando alzé los ojos, no había nadie en el balcon, y tampoco se veía ya el gran macetero que habíamos colocado allí. Lilo, hasta entonces, me había tenido para ella sola, y yo, como un cameleón linguístico, había adaptado mi forma de expresarme a su mentalidad germánica, seria y pesada. Cuando por primera vez me escuchó cascando de mi forma anglosajona nativa, ligero e irreverente, no le gustó. Decía que era "decadente y diabólico".

        Pero durante algunos meses más, todo era harmonía y comprensión, puesto que yo volvía a la manera de ser, o, por lo menos, de expresarme, que a ella le gustaba, idealista, noble y sincero, sin irreverencias. Y antes de que nos marcháramos hicimos algo bien wagneriano que a ella le tuvo que encantar ¡además, su apellido era Wagner! Nos pasamos tres noches durmiendo... en una tumba!

        A algunos kilómetros hacia levante de Montefrío se encuentra el vasto yacimiento arqueológico conocido como Las Peñas de los Gitanos. que pertenece a la Edad del Cobre. Decidimos penetrar, en sentido real y figurativo, los misterios de esta hermosa región durmiendo en uno de los muchos dólmenes, o tumbas megalíticas que hay entre los tajos. Así, un día en el mes de Agosto, con la ayuda del Gordo y su burrito, cargado con nuestros suministros y las zaleas que Manolo nos había dado para hacer la cama, salimos de Montefrío por el camino de Las Peñas. Cuando la gente del pueblo nos veía pasar, comentaban atónitos, "¡Van a dormir con los muertos!".

        Estuvimos muy a gusto: rellenamos el suelo de la pequeña tumba con hojas y las pieles de oveja, y Cristóbal venía todos los días con su mulo para traernos el pan. No encontramos ningún espíritu de la Edad del Cobre ni la del Bronce tampoco, pero sí tuvimos una pequeña pero deslumbrante visión de la vida de los años venideros. Los rusos y americanos acababan de lanzar los primeros satélites espaciales, y cálida una noche que habíamos echado las zaleas encima de la gran losa del dolmen, para contemplar el firmamento de Agosto, vimos uno de ellos. Era tan parecido con una estrella que sólo lo distinguíamos por que se iba desplazando, lentamente y sin desviarse, hacía el futuro.

xx